De piscina frente al mar a amenaza de demolición: la historia del Club Social de Bofill en Calp
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De piscina frente al mar a amenaza de demolición: la historia del Club Social de Bofill en Calp

Itsaso Aurrekoetxea Jover

Periodista
08 de noviembre de 2026 - 08:00

El derrumbe del techo del Club Social de La Manzanera, ocurrido el pasado 1 de noviembre, ha vuelto a poner en el centro de la actualidad uno de los espacios más emblemáticos y deteriorados del legado arquitectónico de Ricardo Bofill en Calp. La construcción, situada junto al Mediterráneo, lleva décadas esperando una recuperación que nunca ha llegado a materializarse. Ahora, con parte de su estructura desplomada y una orden de demolición comunicada por Costas, su futuro es todavía más incierto.

Sin embargo, mucho antes de convertirse en una ruina, aquel rincón de La Manzanera fue concebido como un lugar de ocio junto al mar, con piscina, bar, trampolines y plataformas para los bañistas. Un espacio que formó parte de la vida social de la zona y cuyo origen se remonta a una concesión administrativa de 1969.

Montse Lebrero, guía turística de las visitas a la Manzanera y los edificios de Ricardo Bofill en Calp, entrevistada para esta serie de reportajes sobre las creaciones del arquitecto en la Villa del Peñón, aporta detalles de aquella primera etapa a partir de la documentación y de los testimonios que ha recogido durante sus visitas. Sus explicaciones permiten reconstruir cómo nació el Club Social, qué instalaciones tenía y por qué sigue despertando nostalgia entre quienes lo conocieron.

El origen del Club Social: una concesión de 1969 junto al mar

La historia del Club Social está vinculada al desarrollo de la urbanización de La Manzanera, el proyecto residencial que comenzó a gestarse a principios de los años 60 a partir de la relación entre la familia propietaria de los terrenos y Emilio Bofill, padre del arquitecto Ricardo Bofill.

Los terrenos pertenecían a la familia Ortenbach, vinculada a la zona de Calp y Benissa. El proyecto de urbanización fue tomando forma mediante distintas construcciones residenciales, entre ellas el Plexus, Xanadú, la Muralla Roja, las Villas y, posteriormente, el Anfiteatro. Paralelamente, también se desarrollaron instalaciones destinadas al ocio en un entorno privilegiado frente al Mediterráneo.

Según explica Montse, en octubre de 1969 se otorgó una concesión por un periodo de 20 años a nombre de Natalia Ortenbach, integrante de la familia propietaria de La Manzanera. En cuanto a la construcción del Club Social, la guía la sitúa aproximadamente entre 1969 y 1970. Las instalaciones surgieron en los años en los que la urbanización comenzaba a desarrollar su particular identidad arquitectónica, vinculada al proyecto de Bofill.

Una piscina de 20 metros, un bar y trampolines frente al Mediterráneo

Una de las particularidades del Club Social era su ubicación. El espacio se encontraba en la parte inferior del acantilado, prácticamente junto al mar, aprovechando las características del litoral para ofrecer una zona de baño y esparcimiento.

Lebrero explica que la concesión contemplaba una superficie de 1.525 metros cuadrados de zona marítimo-terrestre, en la que se autorizaban distintas instalaciones recreativas. Entre ellas figuraba una piscina de 20 metros de longitud por 6 metros de anchura, acompañada de un bar y espacios para tomar el sol. El diseño también incluía trampolines y elementos de acceso al Mediterráneo, con una distribución pensada para combinar las zonas de estancia con el baño.

La guía describe igualmente la existencia de dos plataformas de madera desmontables durante el invierno, destinadas a facilitar la entrada al mar de los bañistas. La instalación se completaba con escaleras de acceso al agua.

Era, en definitiva, una propuesta de ocio ligada al Mediterráneo y a la concepción vacacional de La Manzanera. Un lugar donde la arquitectura, el paisaje y la actividad social se encontraban en un mismo espacio.

El acceso al mar debía ser público y gratuito

Entre las condiciones de la concesión destaca un aspecto especialmente significativo: la obligación de mantener libre el acceso público al mar. Según explica la guía, la resolución establecía que las escaleras de acceso debían permanecer disponibles para el público y que los caminos de la urbanización utilizados para llegar hasta ellas no podían cerrarse mediante elementos que dificultaran el paso.

Se trata de una condición relevante para comprender la concepción original de aquel espacio, que no se limitaba a incorporar instalaciones recreativas a la urbanización, sino que también debía respetar determinados usos públicos de la franja litoral.

Del ocio y la vida social a los recuerdos de varias generaciones

Más allá de sus características constructivas, el Club Social acabó convirtiéndose en un lugar asociado a la memoria de La Manzanera y de sus visitantes. La guía recuerda que era un sitio que los vecinos del pueblo frecuentaban bastante.

Con los años, sin embargo, el espacio sufrió un progresivo deterioro. Lebrero menciona que el Club Social padeció un incendio. También recuerda otros bares y restaurantes vinculados a La Manzanera que dejaron de existir, lo que refleja hasta qué punto aquella urbanización contó con una vida social que iba más allá de sus edificios residenciales.

La desaparición de esas actividades no eliminó el valor simbólico del Club Social. Al contrario, su progresiva degradación lo convirtió en uno de los elementos más reconocibles del pasado de La Manzanera.

Recuperar el edificio, pero ¿para qué uso?

La posibilidad de rehabilitar el Club Social ha planteado durante años una cuestión que trasciende la conservación arquitectónica: qué actividad debería albergar una construcción situada en un entorno residencial y litoral.

Hay residentes que desean que el edificio se recupere y conserve, pero no necesariamente están de acuerdo con su reapertura como restaurante. El motivo es el impacto que una actividad hostelera podría tener sobre la vida cotidiana del entorno, especialmente por el ruido, la llegada de visitantes y las necesidades de aparcamiento.

Durante las últimas décadas, las propuestas municipales también han evolucionado. Según la información facilitada por el Ayuntamiento, desde 1997 se han planteado diferentes destinos para el Club Social, entre ellos una sede de la Universidad de Ciencias del Mar, una estación náutica o un restaurante. Con el paso del tiempo, el Consistorio ha ido modificando sus proyectos para intentar obtener las autorizaciones necesarias para su rehabilitación.

Casi tres décadas de proyectos de recuperación sin ejecutar

El Ayuntamiento de Calp asegura que lleva desde 1997 solicitando la concesión de este espacio y promoviendo distintas iniciativas para recuperarlo. Uno de los proyectos más amplios fue aprobado en 2016, cuando el pleno acordó solicitar autorización para intervenir en la pasarela y regenerar el entorno costero de la cala de La Manzanera.

La propuesta contemplaba la rehabilitación del área, incluidas balsas, escalinatas y embarcadero, así como la reconstrucción del dique de escollera natural. También preveía una pasarela peatonal de aproximadamente 100 metros para conectar el Club Social con la cala.

Sin embargo, aquella actuación no prosperó. En 2021, con el objetivo de desbloquear los trámites, el Ayuntamiento decidió renunciar a las intervenciones sobre la pasarela y las escolleras, modificando el proyecto para que las obras se realizaran en seco, sin actuar directamente sobre el mar. El pleno también acordó solicitar al Ministerio para la Transición Ecológica una concesión que permitiera destinar el edificio a usos culturales, científicos y educativos.

Las dificultades administrativas continuaron. En 2023, el entonces concejal de Urbanismo, Juan Manuel del Pino, denunció el progresivo deterioro del inmueble y reclamó a la administración autonómica un informe ambiental que, según señaló, se esperaba desde principios de 2022.

Todavía en marzo de 2026, representantes municipales viajaron a Madrid para reunirse con responsables del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico y abordar el futuro del Club Social. El Ayuntamiento reiteró entonces su disposición a estudiar alternativas compatibles con el interés general y la seguridad del entorno.

El derrumbe: el deterioro alcanza un punto crítico

La situación dio un giro el pasado domingo 1 de noviembre de 2026, cuando se produjo el hundimiento del techo del Club Social. El derrumbe no causó heridos, pero obligó a la Policía Local a acordonar los accesos. La alcaldesa de Calp, Ana Sala, compareció ese mismo día junto a los concejales Pedro Moll y Marco Bittner y el presidente del edificio Xanadú, José Ortega, para explicar la situación.

Ortega, residente en Xanadú desde hace 35 años, comparó el estruendo con un terremoto y advirtió de que la noche anterior había personas sobre el tejado pese a las prohibiciones municipales.

La alcaldesa defendió la importancia patrimonial del edificio y aseguró que el Ayuntamiento no renunciará a su recuperación. Asimismo, denunció que la última notificación ministerial obligaba al Consistorio a demoler el inmueble a su costa, una exigencia que calificó de «inasumible e intolerable» y cuya resolución, según informó, ya había sido recurrida.

Al día siguiente, el 2 de noviembre, el Ayuntamiento comunicó el inicio de un contrato de emergencia para perimetrar la zona y apuntalar las paredes existentes, con el objetivo de reducir el riesgo de nuevos desprendimientos. Las autoridades han insistido en la prohibición de acceder al edificio y a la zona afectada de la cala debido al peligro que presenta la estructura.

Entre la voluntad de conservar y la orden de demolición

El derrumbe ha intensificado un conflicto administrativo que el Ayuntamiento mantiene desde hace años con los organismos competentes en materia de costas. El gobierno municipal sostiene que las sucesivas exigencias y decisiones administrativas han impedido materializar los proyectos de recuperación.

Desde el Consistorio se insiste en que la protección del edificio puede ser compatible con la normativa litoral y con la conservación medioambiental. El concejal Pedro Moll ha planteado, entre otras posibilidades, un museo del mar con cafetería y soluciones basadas en la naturaleza que contribuyan a mejorar la resiliencia de esta parte de la costa.

Marco Bittner también ha defendido el valor del Club Social como testimonio de la transformación histórica de Calp durante las décadas de 1960, 1970 y 1980, vinculándolo con la vida cultural y social de aquellos años. Sin embargo, la ejecución de las medidas de emergencia no implica que haya quedado resuelto el futuro del edificio.

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