Antes de convertirse en una de las imágenes más buscadas de Calp, antes de los rodajes, de los alquileres turísticos y del furor internacional, la Muralla Roja fue concebida como algo muy distinto: un experimento arquitectónico para vivir en comunidad.
Ricardo Bofill no diseñó este edificio únicamente para ser contemplado. Lo pensó para ser recorrido, habitado y compartido. Una construcción de patios, pasillos y escaleras donde la vida cotidiana empujara a los vecinos a cruzarse. Un edificio pensado para provocar encuentros.
Según explica Montse Villaverde, guía turística de las visitas a la Manzanera y los edificios de Ricardo Bofill en Calp, tanto Xanadú como la Muralla Roja pertenecen a una misma etapa del arquitecto, la de la «ciudad en vertical». Una idea que Bofill empezó a explorar en La Manzanera y que después fue escalando en proyectos residenciales de mayor tamaño.
Una ciudad vertical en La Manzanera
La Muralla Roja, finalizada en 1973, forma parte del proyecto inicial de La Manzanera, la urbanización residencial que Bofill comenzó a desarrollar en los años 60. No fue una pieza aislada, sino uno de los edificios incluidos dentro de un conjunto más amplio junto al Plexus, conocido también como los «castilos», las Villas o Xanadú, con su similitud al Peñón de Ifach.
En ese contexto, la Muralla Roja representa uno de los momentos más reconocibles de la evolución arquitectónica de Bofill en Calp. Tras una primera etapa más vinculada a los materiales y formas locales (con el Plexus y las Villas), el arquitecto empezó a ensayar una arquitectura más compleja y urbana.
La idea de la llamada «ciudad vertical» consistía en trasladar al interior de un edificio la lógica de una pequeña ciudad. De este modo, la Muralla Roja no fue solo un bloque de apartamentos, era una forma de organizar la convivencia.
El edificio que Bofill pensó para crear comunidad
Bofill quería que la arquitectura condicionara la vida diaria de quienes habitaban el edificio. La guía explica que el arquitecto tenía una preocupación constante por la comunidad. En su interpretación, la Muralla Roja y Xanadú responden a esa voluntad de diseñar espacios donde los vecinos no quedaran aislados dentro de sus viviendas.
La idea era que, al caminar por el edificio, los residentes pudieran encontrarse. Que los pasillos, las escaleras y los espacios de paso no fueran simples zonas de tránsito, sino lugares de relación. El sentido original del proyecto era una arquitectura pensada para forzar el encuentro cotidiano.
Tres patios, escaleras y recorridos para perderse
El rasgo más reconocible de la Muralla Roja es también uno de los más importantes para entenderla: su estructura laberíntica. El edificio se articula en torno a tres patios, cada uno conectado por escaleras y recorridos que multiplican las posibilidades de movimiento. Desde fuera puede parecer un juego de formas y colores. Desde dentro, es una arquitectura que hay que aprender a recorrer.
«Si entras por la parte de arriba y tu apartamento está en la parte de abajo, o te marcas muy bien el camino o te puedes perder», ilustra la guía. La Muralla Roja funciona así como una pequeña ciudad superpuesta. Sus niveles, sus patios y sus escaleras rompen la orientación inmediata y obligan al visitante, y también al residente, a construir mentalmente su propio mapa.
Con el paso del tiempo, esa abundancia de escaleras y recorridos también tuvo consecuencias en la percepción del complejo. Según Montse, a finales de los años 80 estos edificios empezaron a perder parte de su atractivo porque resultaban incómodos para algunos propietarios. La utopía de la ciudad vertical también tenía una cara cotidiana.
Una inspiración bereber y una arquitectura de color
Aunque la Muralla Roja se ha convertido en un icono por sus colores, estos no son un simple recurso decorativo. Montse explica que el edificio se inspira en construcciones de barro de origen bereber, la kasbah. A partir de esa referencia, Bofill desarrolla una arquitectura de muros, patios, recorridos y contrastes cromáticos.
El exterior se reconoce por sus tonos rojos y rosados. En el interior aparecen azules, malvas, índigos y violetas. Esa combinación genera contrastes, volúmenes y efectos relacionados con la luz. La guía señala que Bofill trabaja esos colores para crear diferentes espacios e ilusiones ópticas.
Antes del boom turístico
Durante años, la Muralla Roja no tuvo el reconocimiento global que hoy parece inevitable. Como otros edificios de La Manzanera, vivió un periodo de menor interés tras el entusiasmo inicial. Según Montse, a partir de los años 2000 estos edificios empezaron a llamar de nuevo la atención. Su singularidad, su fuerza visual y la recuperación de la figura de Bofill contribuyeron a ese redescubrimiento.
Las redes sociales en las cuales una fotografía lo era todo, como el caso de Instagram, popularizaron las visitas ajenas. Después llegó el gran salto mediático. El fenómeno de El juego del calamar, aunque no fue rodado en la Muralla Roja, multiplicó la asociación visual entre la serie surcoreana y este tipo de arquitecturas laberínticas, geométricas y coloridas.
La guía lo resume de forma clara como el gran «boom» internacional. Desde entonces, el edificio ha atraído a numerosos visitantes, incluidos turistas coreanos.
Cuando la comunidad tuvo que protegerse
Ese éxito turístico tuvo una consecuencia directa, la necesidad de proteger la privacidad de los residentes. La Muralla Roja fue concebida como un espacio comunitario, pero no como un decorado público. Y la llegada masiva de visitantes acabó generando una tensión evidente. Para poder visitarlo en la actualidad, el Ayuntamiento de Calp ha impulsado una visita virtual inmersiva, para poder adentrarse en sus espacios sin molestar.
«Cuando te empiezan a invadir, se convierte en una molestia», explica la guía que antes del vallado del edificio, los visitantes «entraban por todos los sitios». Ahí aparece una de las grandes paradojas de la Muralla Roja. Un edificio pensado para favorecer el encuentro terminó necesitando límites para proteger la vida privada.
Rodajes, alquileres y una nueva forma de mirar la Muralla Roja
La transformación de la Muralla Roja también se percibe en su uso actual. Buena parte de los apartamentos se alquilan como alojamientos turísticos en plataformas como Booking o Airbnb.
Por otro lado, debido a su atractivo visual extremo, el edificio también se ha convertido en escenario de producciones audiovisuales, para las cuales también se pagan tarifas. Estos ingresos van destinados a la comunidad de propietarios, que se gestiona a través de su administración.
La Muralla Roja ya no es solo un edificio residencial. Es también un icono cultural, un escenario deseado por la industria audiovisual y un activo económico para sus propietarios. Por eso la Muralla Roja sigue siendo tan poderosa. No solo porque se fotografía bien, sino porque contiene una paradoja profundamente contemporánea: nació para unir a quienes vivían dentro y terminó cerrándose para protegerlos de quienes querían entrar.













