Entre los jóvenes emprendedores de la Marina Alta que han decidido impulsar proyectos propios desde el territorio se encuentra Júlia Poquet, de 30 años y natural de Alcalalí.
Su historia es la de un regreso al pueblo, pero también la de una apuesta por una manera concreta de trabajar: a pequeña escala, con elaboración artesanal y sin perder el vínculo con el entorno.
Poquet está al frente de Cal Curret, un obrador de pan de masa madre instalado en una habitación de la casa familiar. No es una panadería convencional ni un horno abierto al público. La gente no entra al local: el pan se despacha a través de una ventanilla y, aunque ahora combina encargos con piezas extra para quienes se acercan sin reserva, su objetivo es trabajar principalmente bajo pedido.
De València al obrador familiar
Antes de abrir Cal Curret, Poquet vivió muchos años en València, adonde se marchó para estudiar Psicología. La carrera le interesaba como materia, pero pronto entendió que no quería ejercer como psicóloga. Después comenzó a trabajar en restaurantes y descubrió el mundo de la cocina.
La hostelería, sin embargo, también le mostró su parte más exigente: los horarios. Por eso fue acercándose a locales abiertos durante el día, especialmente de brunch, hasta entrar en contacto con la panadería. Una de sus jefas le pagó un curso y, desde entonces, empezó a formarse en la elaboración de pan de manera autónoma y con nuevas formaciones.
«El cierre del lugar donde trabajaba y las ganas de volver al pueblo hicieron que todo se alineara», recuerda. La ciudad le había servido durante una etapa, pero acabó resultándole «sofocante». En Alcalalí tenía a su familia, sus raíces y una vida más tranquila. Lo que le faltaba era encontrar una forma de desarrollarse profesionalmente allí sin continuar en la hostelería.
El nacimiento de Cal Curret
Cal Curret surgió como respuesta a esa necesidad. Poquet no contaba con el capital necesario para abrir una gran panadería, pero tampoco quería ese modelo. «No quería ser empresaria como tal, sino mantenerme dentro del oficio de panadera», afirma. Su intención era trabajar de forma autónoma, seguir haciendo pan y construir un proyecto asumible.
Para hacerlo posible, tomó como referencia las micropanaderías, un concepto extendido en América y cada vez más presente en España. Son pequeños obradores que trabajan con producciones reducidas, muchas veces desde espacios domésticos o adaptados, y que venden directamente al cliente.
En su caso, la oportunidad estaba en la casa familiar. El obrador ocupa una habitación de la vivienda que perteneció a su abuelo. Ese detalle fue decisivo: al disponer del espacio, no tuvo que asumir el coste de alquilar un local. La inversión inicial salió de sus ahorros y del pago único del paro acumulado durante sus años trabajados. La prudencia económica fue clave para dar forma a un negocio pequeño, viable y ajustado a sus posibilidades.
Un nombre con memoria
El nombre de Cal Curret no es una elección comercial al uso. Está ligado a la historia familiar de Poquet. «Curret» era el apodo de su abuelo, a quien llamaban así porque tenía un brazo que no le funcionaba. La casa donde hoy está el obrador era la vivienda familiar y, tras la muerte del abuelo, Poquet vivió allí un tiempo con sus padres.
Más tarde, la casa funcionó como alojamiento rural y conservó ese mismo nombre. «Cal Curret era el nombre de la casa de mi abuelo, y mantenerlo era una forma de darle continuidad», resume. Cal Curret es, además de un negocio, un homenaje familiar y una manera de mantener viva la memoria de la casa.
Pan de masa madre, tiempo lento y venta por ventanilla
El producto central de Cal Curret es el pan de masa madre. Para Poquet, esta forma de elaborar pan conecta con una idea más amplia: dar a las cosas el tiempo que necesitan. «Para mí, el valor principal es no vivir tan deprisa y darle a cada cosa el tiempo que necesita», sostiene. La masa madre, recuerda, es una técnica ancestral que quedó relegada con la industrialización y que ahora se está recuperando.
Su propuesta reivindica el valor de la artesanía y de los procesos lentos. El pueblo, en ese sentido, encaja con la filosofía del proyecto. Frente al ritmo acelerado de la ciudad, Alcalalí le permite trabajar de otra manera y sostener un modelo más pausado.
La venta, por ahora, combina pedidos y pan disponible en el día. «Mi idea es vender solo por encargo, aunque todavía estoy acostumbrando a la gente a ese concepto», apunta. Hay días en los que el pan se agota a primera hora y otros en los que queda producción al mediodía. Trabajar por encargo le permitiría organizarse mejor y evitar el desperdicio de alimentos.
Un proyecto pensado para no crecer a cualquier precio
«El obrador es muy pequeño y no podría asumir una producción para restaurantes», señala. Por eso, su prioridad no es expandirse, sino consolidar una clientela cercana y fiel.
Su objetivo no es ampliar el negocio, sino poder vivir de él sin perder el control sobre su tiempo y su manera de trabajar. Su visión del emprendimiento no pasa por crecer más, sino por vivir mejor de un oficio propio.
Emprender desde el pueblo
La historia de Cal Curret también habla de la posibilidad de emprender desde los pueblos. Poquet cree que iniciativas como la suya ayudan a demostrar que la juventud puede encontrar futuro en municipios como Alcalalí.
En una zona cada vez más orientada al turismo, especialmente al turismo ciclista, la joven defiende la importancia de negocios pensados también para quienes viven allí todo el año. No rechaza al visitante, pero subraya que su obrador mira sobre todo a la gente del pueblo y del entorno.
Su proyecto resume una forma distinta de entender el trabajo: sin grandes estructuras, sin crecimiento forzado y con una relación directa con el territorio. En un contexto en el que muchos jóvenes se marchan de los pueblos para buscar oportunidades fuera, Júlia Poquet ha hecho el camino inverso: volver a Alcalalí para construir desde allí su propio oficio.
Cal Curret es un obrador pequeño, pero su historia apunta a una idea de fondo: emprender desde el pueblo también puede ser una forma de construir futuro.









