«Un héroe de mi pueblo»
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Itsaso Aurrekoetxea Jover

Periodista
15 de julio de 2024 - 12:59

Vicente Torres (Benissa)

Es gratificante saber que en el pueblo de uno hay gentes como Dios manda. Serían las cuatro de la madrugada del 14 de octubre de 1957 cuando en la casa del conserje de la Facultad de Medicina de Valencia, situada en el primer piso, se oyeron golpes perentorios dados en la puerta de atrás, al tiempo que se escuchaba una gran algarabía de gente.

Pero empecemos por el principio: Juan Bautista Giner Giner, oriundo de Benissa, había sido sargento de carabineros en el bando perdedor de la guerra civil, no obstante lo cual había conseguido el cargo de conserje en la citada Facultad, que entonces estaba en la calle de Guillem de Castro, en un edificio que ya no existe. Estaba casado con Margarita Puig Sala, prima hermana del dueño de Muebles Sala. En ese tiempo, Juan Bautista, su mujer y sus tres hijos, Juan Carlos, Justo y Fernando, vivían en Burjasot, en una casa alquilada.

La Facultad de Medicina nueva, en la avenida de Blasco Ibáñez, tenía una amplia vivienda para el conserje y su familia. En ella estaban cuando oyeron esos tremendos golpes dados a la puerta. El puesto de trabajo que tenía Juan Bautista era muy apetitoso, por lo que debía temer los embates de los envidiosos y de otros aspirantes a su empleo y el hecho de haber formado parte de los perdedores de la guerra lo colocaba en una situación vulnerable. Pudo en él su humanidad y abrió la puerta. Un aluvión de 300 personas, con sus colchones, mantas y demás enseres, se precipitó al interior del edificio. Procedían de las Casas de Guerra, chabolas situadas en el espacio que hoy ocupan las calles de Jaime Roig, Alemania, El Bachiller, Álvaro de Bazán, Botánico Cavanilles…

El hombre pensaba que quizá lo despidieran, pero tenía la satisfacción de haber salvado la vida a todas esas personas. La riada se estaba llevando todo por delante.

Unas pocas horas después comenzaron a llegar las autoridades académicas. El director, que era el Doctor Barcia, lo felicitó por haber tomado esa decisión. Y con él la totalidad de los catedráticos y alumnos, que durante unas dos semanas convivieron con los intrusos demostrando con ello que sabían actuar con estoicismo si razones de peso lo aconsejaban.

Aunque no siempre es así, a veces las buenas acciones tienen premio. Depende, a menudo, de las personas que están al mando. De modo que hay que felicitar también al Doctor Barcia por haber sabido estar a la altura de las circunstancias.

El héroe de mi pueblo no se detuvo ahí, sino que con su buen hacer se granjeó las simpatías de todos. Puntualizo: buen hacer y bondad. Era tal su ascendiente sobre los profesores que algún que otro alumno, en trance de haberse quedado a las puertas del aprobado, recurrió a él en alguna que otra ocasión para que le rogase al catedrático que le subiese la nota. Cosa que hizo siempre, porque no sabía decir que no cuando le pedían un favor. Del resultado de estas gestiones no diré nada. Lo dejo a la imaginación del lector.

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Clasificado en: Sociedad
Deja un comentario
  1. Mª Jesús dice:

    Que pena que hoy en día ya no quede gente con tan buen corazón !

  2. Belén dice:

    Sí que la hay, solo que los otros se hacen notar más…