El banco «comarcal» de semillas está entre Pego y l'Atzúbia: los custodios del patrimonio hortícola de la Marina Alta
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El banco «comarcal» de semillas está entre Pego y l’Atzúbia: los custodios del patrimonio hortícola de la Marina Alta

Itsaso Aurrekoetxea Jover

Periodista
23 de noviembre de 2025 - 08:00

La «bóveda del fin del mundo», el «arca de Noé vegetal» o el «búnker de semillas» son los nombres con los que nos hemos referido con el paso del tiempo al Banco Mundial de Semillas, ubicado en el archipiélago de Svalbard, concretamente en la isla de Spitsbergen, Noruega. Se creó en 2008 para salvaguardar semillas de cultivo de todo el mundo. Preservarlas para poder replicarlas en caso de desaparición a causa de catástrofes naturales o conflictos bélicos.

La Marina Alta no tiene esta infraestructura, desde luego, pero sí alberga un lugar similar a este que se asegura de proteger el patrimonio agrícola de la comarca, trabajando en la recuperación y cultivo de variedades de semillas autóctonas. Viveros Parra es una empresa familiar, con raíces en Pego, ubicada en la carretera que conduce hasta l’Atzúbia. Sus diversos campos de trabajo les sitúan como actores clave en la continuidad de la cultura hortícola de la comarca, facilitando el acceso a los recursos y asesorando a nuevas generaciones de agricultores.

Los orígenes de un vivero único en la Marina Alta

Su historia comienza aproximadamente hace 50 años ya. El actual gerente, Fernando Sastre Ferrer, ingeniero técnico industrial y técnico agrónomo por su labor en el vivero, explica que el negocio nació con su padre, quien inició la labor de forma «rudimentaria, clásica y artesana» para comercializar planteles hortícolas. Tras el fallecimiento de este, Fernando aceptó el reto de liderar la empresa.

Viveros Parra es, en la actualidad, el único vivero productor de planteles hortícolas en la Marina Alta. Otra línea de su trabajo que despunta en esta época del año es la producción desde cero de la flor de Pascua. Tras el relevo de padre a hijo, Fernando tuvo claro que la modernización era clave, hasta el punto de tener ahora unas instalaciones prácticamente automatizadas al 100% para su labor.

Optimizar los recursos y aumentar la capacidad productiva fue su objetivo, permitiéndoles expandir la superficie de cultivo, adquirir maquinaria de siembra semiautomática, así como un sistema de control remoto y automatización del riego y la climatización del invernadero según las necesidades.

Especialización y variedades cultivadas

En las instalaciones, la familia Sastre y sus tres trabajadores dedican la mayor parte del año a la especialización en la siembra, crecimiento y «repique» (trasplantar los «bebés» para redimensionar el plantel) de los productos hortícolas que se trabajan en la comarca. De este modo, cuentan con unas 32 variedades diferentes de tomate, 12 de pimiento y diversas más de berenjena, así como calabacín, pepino o melón, entre otros. También invierten tiempo y espacio en aromáticas y culinarias como la albahaca, tomillo, lavanda, perejil u orégano.

Todo ello les ha permitido abarcar un gran espacio de servicio, desde Gandia (la Safor), al norte de la Marina Alta, hasta la Vila Joiosa (Marina Baixa), al sur. Para entender mejor su papel distintivo, frente a su rol único de productor local, se encuentran otros viveros, pero dedicados a la compra y venta de productos, sin cultivarlos por sí mismos.

La preservación la cultura agrícola

Este valor añadido que Fernando siempre ha querido mantener se debe a su «deseo de procurar la continuidad de la cultura agrícola en la comarca y alrededores, facilitar que no se acabe esa labor que se ha transmitido durante años de padres a hijos», explica. En su experiencia, «no hemos vivido una tendencia a la baja en la estabilidad de la cultura hortícola, al contrario de lo que se puede pensar, por ser una dedicación, digamos, asociada a las personas más mayores. Hemos visto que se mantiene estable».

Según explica el gerente, se ha observado un aumento de clientes profesionales, agricultores que se dedican al cultivo a gran escala para la venta del producto final en el mercado. Pasando por las cooperativas al por mayor y por los particulares, pequeños agricultores que cultivan para consumo propio, como perfil de cliente, «hay una creciente tendencia de la búsqueda del producto local y consumir de cercanía».

A pesar del horizonte esperanzador que ofrece Fernando, también destaca una preocupación: «Cada vez hay menos casas de semillas, lo que se traduce en la monopolización del sector por parte de empresas multinacionales». Esto, a su vez, provoca la desaparición de muchas variedades de cultivo, a menudo autóctonas y menos rentables.

Viveros Parra como «custodios del patrimonio agrícola»

Aquí es cuando se le concede a Viveros Parra el título de «custodios del patrimonio agrícola» de la Marina Alta. Los agricultores particulares más experimentados guardan para su disfrute las semillas de variedades locales, pero en el invernadero de la familia Sastre comparten estos productos más singulares de la comarca tras un proceso de testeo y selección.

Con su servicio de recuperación de semillas, los usuarios pueden llevar las suyas y el vivero se encarga de cultivar y reproducir la planta. Esta es la labor más valiosa de su papel como «banco comarcal de semillas», ya que desarrollan todo un campo experimental para conservar y probar las variedades que se desean mantener.

Un proceso de selección, testea y evalúa si la variedad es «productiva, resistente y si por la calidad vale la pena incorporarla al catálogo». Este procedimiento suele tardar unos dos años, ya que se debe reproducir y testear al año siguiente para asegurar que la semilla mantiene los mismos rasgos y características del cultivo que desean. Pese a probar su productividad, el objetivo principal no siempre es comercial, ya que pueden recibir variedades que, aunque deliciosas, producen poco, pero deciden mantener la semilla.

Entre las variedades autóctonas que conservan se encuentran el tomate rosa, de Altea, el pimiento «morrongo» y otro «para farcir» con el que en Oliva es típico rellenar de arroz, la berenjena verde, pequeña y redonda, y otra curvada, distinta de las variedades más comerciales, el «fesol (judía) de careta» o de «borló» o un melón amarillo, pequeño y muy sabroso.

«Un referente de profesionalización y de relevo generacional»

Los valores distintivos de Viveros Parra les han llevado a colaborar estrechamente con la Xarxa Agrícola de la Marina Alta, el proyecto de CREAMA encargado de crear sinergias entre diversos agentes del sector agroalimentario de la comarca. Agustí Espí, técnico de la entidad comarcal y contacto directo con el vivero, destaca la importancia de contar con esta empresa más allá de la comercialización.

«A nivel laboral, consideramos que son un referente en la profesionalización del sector hortícola», explica Espí, ya que se salen de los productos cítricos, que son más comunes en la Marina Alta. «Cuentan con una plantilla joven y son un grandísimo ejemplo de relevo generacional».

La apuesta digital

El hijo del gerente, también llamado Fernando, es el actual impulsor de la expansión del vivero a otras fronteras: las redes sociales y la visibilidad digital. «Mi objetivo es hacer que Viveros Parra sea más visible, para poder llegar a profesionales que no nos conocen incluso dentro de la propia comarca, y, además, atraer a las nuevas generaciones y que les pique el gusanillo de la agricultura», desea Fernando hijo.

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  1. Iñaki dice:

    Muy buena labor! Espero que a más jóvenes les pique la curiosidad de cultivar sus propios alimentos.
    A seguir así! Ánimo!