Antes de la discoteca, la fiesta tenía horario de vermut, banquete y orquesta. Entre finales de los años 60 y mediados de los 70, locales de municipios como Dénia, Xàbia, Pedreguer, Orba, Ondara o Castell de Castells transformaron la noche de la Marina Alta al convertir la sala de fiestas en antesala de la discoteca. Antes del DJ como figura central, la comarca salía de otra manera, se iba a cenar, a bailar, a una boda, a una sesión vermut o a ver actuar a una orquesta. La fiesta no estaba pensada todavía como una industria separada, sino como una extensión de la vida social del pueblo, y también muy ligada del verano.
Ese modelo no surgió de la nada. Antoni Reig, en el libro 150 anys de música i ball a la Marina Alta, sitúa en Palladium y en el Minigolf Costa Blanca dos de los precedentes más claros de esa fórmula híbrida en la capital de la Marina Alta: restaurante, terrazas, actuaciones, baile y una clientela que mezclaba residentes, visitantes y jóvenes con ganas de alargar la noche. Pero en esta segunda fase de la noche en la comarca la historia cambia de escala. El foco deja de estar solo en el enclave turístico y se desplaza hacia la sala polivalente, el local donde convivían el ritual familiar, la música en directo y una vida social mucho más comunitaria.
En el primer capítulo de esta serie, «Cuando la noche nació del turismo: las primeras grandes discotecas y salas de fiesta de la Marina Alta», vimos los grandes nombres de la noche de la Marina Alta. Cómo los modelos de negocio se adecuaron al turismo y sus necesidades y como poco a poco la sociedad de la comarca se adaptó a la perfección a esa opción de ocio nocturno, más allá de las verbenas.
La Sala Montgó y Desirée retrataron la fiesta antes de la cabina
La Sala Montgó, abierta en Xàbia en 1965, encaja a la perfección en esa cultura del baile anterior a la discoteca. Bartolo Bas la describe en el libro como un espacio amplio para banquetes y celebraciones donde los sábados se organizaban bailes con música en directo por la noche y los domingos por la tarde. De este tipo de fórmula saldría también la popularidad de la sesión vermut, la franja de fiesta al mediodía que terminaría extendiéndose por toda la comarca. La orquesta, el horario compartido y la costumbre de encontrarse en el mismo local una y otra vez daban a la fiesta una dimensión casi ritual.
Algo parecido, aunque con un componente juvenil más intenso, ocurrió en Desirée. El periodista Lluís Pons presenta la sala de Pedreguer, abierta en 1967 por impulso de Pepe Martí, como respuesta a una juventud que pedía un lugar propio para bailar y asistir a actuaciones. Allí convivieron las bodas con un cartel musical que fue mucho más allá del entretenimiento convencional. Pasaron grandes nombres como Ovidi Montllor, Nino Bravo, Raimon, Juan Bau, Els Pavesos o Lluís El Sifoner. En ese cruce entre fiesta popular, cambio social y música en directo puede leerse buena parte de la transformación cultural de la comarca durante aquellos años.
La sala de fiestas, un espacio total, no solo un sitio para salir
La clave de aquella etapa está en la mezcla de usos. Se iba al local para celebrar una boda, para escuchar una actuación, para bailar un domingo o para encontrarse con gente de otros pueblos. El caso de El Cordobés, en Xàbia, lo explica bien. Un camping nacido al calor del turismo acabó convertido en una gran terraza de baile abierta a todo el público, con piscina y actuaciones de grupos de la comarca.
En el interior, la misma lógica adoptó formas propias. La Palmera (finales de los 60), en Orba, arrancó como cine y se utilizó además como sala de fiestas y después se convirtió en discoteca. Venecia (1973), en Castell de Castells, funcionó durante años como bar, local de ocio y espacio para banquetes, con sus populares vermudadas de sábado y domingo. Don Bigote (1973), en Pego, fue también primero punto de referencia comarcal como discoteca y más tarde sala para celebraciones, mientras que Hongo, en Ondara, formó parte de ese circuito de locales que iban tejiendo una geografía nocturna mucho antes de la fiebre de las macrodiscotecas.
En Dénia, con Biblos, Bowler’s y Galaxia, ya se gestaba otro modelo
Aun así, en esos mismos años empezaron a aparecer señales de cambio. Biblos, abierto en 1969, todavía respondía al patrón del Club Restaurant con banquetes, cenas y música en directo, pero también introducía una cabina donde Salvador Orozco pinchaba vinilos comprados en París, tal como narran Paco Carrió y Sergi Albiñana en el libro. El ambiente seguía siendo selecto y muy ligado al turismo y a la carretera de Les Planes, pero el local anunciaba ya una transición. La pista empezaba a depender menos de la orquesta y más del repertorio que llegaba de fuera.
Bowler’s, por su parte, obtuvo permiso oficial como sala de baile en 1969 y, aunque todavía conectaba con el modelo anterior, ya había sido concebida con la influencia de discotecas como Pachá en Sitges. Galaxia nació en 1970 con la definición de «bar con tocadiscos para bailes familiares». La frase resume una época entera. Todavía no se había roto del todo con la cultura del baile comunitario, pero la tecnología, la cabina y el cambio de repertorio estaban empujando hacia otra forma de salir.
Convivencia entre la verbena, el banquete y la cabina
Uno de los rasgos más interesantes de esta etapa es que la transición no ocurrió de un día para otro. Durante años convivieron en los mismos locales el banquete y el baile nocturno, la sesión vermut y el tocadiscos, la orquesta y el DJ que empezaba a ganar espacio. Por eso, cuando hoy se recuerda aquella época, no se habla solo de música, sino también de costumbres. El domingo como día fuerte, las cuadrillas que se desplazaban de un pueblo a otro, las comisiones, los grupos de amigos y la sensación de que la fiesta pertenecía a todos y no a un segmento concreto del público.
Ese carácter comunitario es también lo que diferencia a estas salas del modelo que vendría después. En la cultura de la sala de fiestas nadie iba solo a consumir la noche. Se iba a estar, a mirar, a reencontrarse, a bailar con una orquesta o a escuchar una actuación que podía convivir con una boda unas horas antes. La Marina Alta todavía no había entrado en la lógica plena de la discoteca como marca, como diseño o como especialización musical. Estaba, más bien, en el momento en que la fiesta seguía siendo una forma de vida compartida.
De esta red de salas saldría la gran explosión de discotecas
Mirados en conjunto, Sala Montgó, Desirée, El Cordobés, La Palmera, Venecia, Don Bigote, Hongo, Biblos, Bowler’s y Galaxia cuentan la misma historia desde lugares distintos. Todos participaron en la transición que llevó del espacio social polivalente a la cultura discoteca. La música en directo no desapareció de inmediato, pero dejó de monopolizar la fiesta. La cabina no mandó desde el principio, pero ya había entrado en la ecuación. Y los pueblos de la comarca empezaron a asumir que el ocio nocturno iba a ocupar un lugar nuevo en su identidad.
Ese cambio sería decisivo en el siguiente capítulo de esta serie. Cuando la sala de fiestas terminó de ceder el protagonismo a la discoteca, la Marina Alta vivió una expansión acelerada del ocio nocturno. Cada pueblo quiso su pista, su estilo y su público. Y de esa multiplicación saldrían nombres que acabarían marcando a toda una generación.
Fuente: libro 150 anys de música i ball a la Marina Alta.











