En apenas unos años, la Marina Alta pasó de unas pocas salas a una red de discotecas con DJs, diseño, grandes aforos y público comarcal. La época entre 1968 y finales de los años 80 fue clave.
Tras la etapa del vermut, el banquete y la orquesta, la noche dejó de ser una rareza concentrada en unos pocos locales y empezó a ocupar carreteras, urbanizaciones, centros comerciales, bajos urbanos y enclaves de costa. La discoteca ya no era solo una novedad, empezaba a convertirse en una forma de reconocer a la comarca.
Primero aparecieron pistas que completaban la tradición de la sala de fiestas. Después, locales donde la cabina ganó peso y más tarde, espacios que funcionaban ya como marcas, con estética propia, programación y una clientela decidida a desplazarse de un pueblo a otro en su busca. El libro 150 anys de música i ball a la Marina Alta permite seguir esa transición local por local: de Molí Blanc y Caracol a Golden, Mambo, Menphis o Trance.
Cuando Molí Blanc y Caracol abrieron una nueva era en Xàbia
En Xàbia, Hacienda abrió el camino ya desde 1964, pero una de la primera gran señal de ese salto masivo hacia algo más que una sala de fiesta siguió con Molí Blanc. En el libro, el periodista Lluís Pons sitúa su apertura en 1968 y lo presenta como un local que en poco tiempo se convirtió en referente internacional de las noches de fiesta, sobre todo en verano. Impulsado por Juan Sendra, el Pegolí, junto al arquitecto Federico Villalba, pasó después a manos de Guillermo Espasa en 1978. En los años 70 tuvo DJs como Jaime Bisquert, Enrique Arce y Jorge de la Hidalga, antes de vivir en los 80 su etapa de mayor proyección.
El texto describe un local capaz de reunir más de 3.000 personas diarias en verano y de funcionar con hasta cuatro pistas de baile. Esa dimensión explica por qué Molí Blanc dejó de ser una discoteca más para convertirse en un centro cosmopolita del ocio nocturno. Su propietario viajaba a Londres para adelantarse en la compra de vinilos y contratar DJs, y por allí pasaron artistas y visitantes conocidos. El local resumía muy bien el nuevo tiempo: música actual, turismo europeo, reformas constantes y una noche cada vez más profesionalizada.
Caracol convirtió la competencia en motor de la noche comarcal
Muy cerca de ese universo creció Disco Caracol. Los hermanos Marí Torres abrieron la discoteca en diciembre de 1971 tras su experiencia en El Racó. La discoteca se convirtió pronto en un espacio emblemático y popular hasta el punto de tener su denominación más local, El Caragol. Frente al aire más europeo de Molí Blanc, Caracol logró una conexión más directa con la clientela de Xàbia y la Marina Alta.
Esa convivencia entre locales situados a pocos metros ayudó a ordenar los fines de semana de muchos jóvenes. El sábado podía ser de Molí Blanc y el domingo de Caracol. En los años 80, Caracol llegó a tener hasta cinco disc-jockeys en plantilla y una veintena de trabajadores, relata Pons en el libro. Su imagen arquitectónica, con una nueva estructura que simulaba un pulpo abrazando la sala, le dio una personalidad reconocible en una década donde la estética empezaba a pesar casi tanto como la música.
El modelo se extendió: cada pueblo buscó su pista y su público
El Vikingo, abierto en 1973 en Xàbia, aparece en el texto firmado por Antoni Reig y Bartolo Bas como una sala especializada en fiestas, donde se reunían comisiones, quintadas y grupos de amigos. Allí pasaron muchos de los primeros DJs de Xàbia, con música que llegaba desde València a través de Juan Puchol. Era un modelo muy revelador, la discoteca como punto de encuentro de cuadrillas y celebraciones, no solo como pista de baile.
En Dénia, la década de los 70 dejó también una cadena de nombres que muestran la velocidad del cambio. Kika abrió en 1976, según Paco Carrió y Sergi Albiñana, junto a una pista de karts y con actividades tan singulares como las sueltas de vaquetas. Diana 3, también en 1976, reconvirtió la antigua sala de fiestas Salón Diana en discoteca con dos pistas. Fue una de las primeras cabinas compartidas por una mujer, Rosa Bertomeu, junto al DJ Manuel Rodríguez, hasta su clausura en 1984. La noche se estaba especializando, pero con rasgos muy locales.
Atenea, Valentino, Acuario y La Felicidad señalaron la entrada en otra etapa
El cambio se veía también en la imagen de los locales. Atenea, abierta en 1975 en los bajos del Hotel Dénia (Port Dénia, ahora), aparece en el libro como una discoteca de estética moderna, con moqueta roja y DJs como Manuel Rodríguez, José Luis Rosselló y Juan Moncho. Valentino, transformada a partir de Kika por los hermanos Ortiz, de Madalenas Ortiz, apostó por el blanco y negro, la imagen de Rodolfo Valentino y una inauguración con Julio Iglesias. La discoteca empezaba a vender estilo, no solo música.
Ese salto se entiende todavía mejor con La Felicidad. En el libro, Carrió y Albiñana la definen como el primer gran complejo de ocio asumido por la empresa CHG, con restaurantes, música en directo, apartamentos, jardines, piscina, discoteca, sala de banquetes y espacios para servicios. En 1975 abrió sus puertas, con Julio Iglesias como primera actuación, y en los años siguientes incorporó artistas, fiestas y una pantalla gigante en la que se proyectó Thriller de Michael Jackson. La discoteca ya formaba parte de una operación empresarial de mayor escala.
Golden convirtió la noche en un fenómeno de comarca
Si hay un nombre que resume la entrada definitiva en los años 80 es Golden. El texto sitúa su apertura el 23 de junio de 1982. Pepe Pastor, empresario de la noche, llegó a un acuerdo con el constructor Enrique Pla para habilitar una gran discoteca y un pub en el centro comercial y de ocio que se levantaba junto a la urbanización Playa Grande. El arquitecto Jorge Belloch diseñó un espacio con dos pistas diferenciadas, barras, cabina, iluminación y escenario.
El éxito de Golden se entiende por su capacidad de romper fronteras. Autobuses que recorrían la comarca para llevar público a las sesiones de los domingos. La discoteca desplazó el hábito de acudir el último día de la semana a la Caracol y se ganó una fama de local más familiar, transversal y amplio. Por su cabina pasaron DJs como Juan Pedro Pachés, Ángel Muñoz, José María Izquierdo el Pelícano y Eliseo Pastor. Entre 1984 y 1987 llegaron actuaciones de Alaska, Golpes Bajos o Loquillo, con eco incluso en programas de música de ámbito estatal.
Mambo, Studio 57 y Biblos mostraron que la identidad ya era parte del negocio
En paralelo, otros locales demostraban que la decoración, el nombre y el ambiente empezaban a ser tan decisivos como la pista. Studio 57 se inspiró claramente en la neoyorquina Studio 54 y convirtió los viernes en una cita para mucha gente vinculada a las fallas. Allí empezó a pinchar Sergi Albiñana a finales de 1979, con solo 17 años, sustituyendo a Emili Candel, que pasaría después a Mambo. La música disco ya no era una tendencia lejana puesto que tenía traducción local y calendario propio.
Mambo, surgida de la remodelación de Valentino, apostó por una estética jamaicana diseñada por Carlos Arjona: bambú, palmeras, paracaídas de la base militar de Rota, murales de Pedrín Herrando y música funk, reggae, rock y éxitos comerciales. En Mambo se organizaba una curiosa sesión, la «fiesta del tornillo erótico». Los hombres participantes sacaban un tornillo de una cubitera, mientras que las mujeres sacaban una tuerca. Solamente había un tornillo y una tuerca que encajaban, por lo que debían ir buscando por la discoteca cada uno a su pareja. Aquellos que lograban encontrarla, ganaban un premio.
Con Jeff Davis, traído desde Londres, y después con Emili Candel y Sergi Albiñana, el local marcó una manera de entender la discoteca como experiencia visual y musical.
También Biblos, en su segunda etapa, se adaptó a nuevos públicos hasta acercarse al heavy rock y programar actuaciones como la de Denny Laine, vinculado a Moody Blues y Wings.
Menphis llevó la macrodiscoteca al punto más alto
La culminación de ese proceso llegó en 1987 con Menphis. Según explican Albiñana y Carrió en el libro,Tomás Arribas, como gerente de Discodenia SA, compró la antigua Mambo, ya rebautizada como Menphis, a Zanello y Espasa SA. La nueva sociedad la integraron Tomás Arribas, Felipe González, Restituto Castro y Pepe Pastor. La inauguración fue un Jueves Santo y registró uno de sus primeros llenos. Después llegarían muchos más, hasta convertir el complejo en uno de los grandes nombres de la comarca.
El decorador Jorge Belloch, el mismo que había creado la imagen de Golden, recreó un ambiente inspirado en el antiguo Egipto, con jardines, pasarelas, estanque y una reproducción de la esfinge de Guiza. Por la cabina pincharon Ángel el Madrileño, Emilio Núñez, Paco Llidó, José María Izquierdo el Pelíkano, Piti Franco, David Pesquera, Paco Marí y Óscar Marí, entre otros. El libro recuerda que entre Golden y Menphis podían llegar a pasar hasta 10.000 personas diarias en verano.
Trance y Acuario abrieron otra puerta hacia los nuevos sonidos
Mientras esa gran noche se consolidaba, otros locales apuntaban ya hacia los cambios que vendrían después. Trance, según Albiñana y Carrió, nació en la partida de Benimarraig de Benissa, junto a la N-332, como una gran inversión de Juan Bautista Martínez Ferrer y Joaquín Oliver Mestre. En los años 80 funcionó como local de moda, espacio para desfiles, actos festivos y sesiones de baile. Por su cabina pasaron Pablo Vivancos, François y Ximo Bayo, que inició allí una carrera que después lo convertiría en una referencia de la Ruta del Bakalao.
También Acuario, abierto en 1977, aparece en el texto como «el gran templo de la música disco» en Teulada Moraira. Con el tiempo, y ya en los años 90, ese espacio se reciclaría como Blanca, con un ambiente mediterráneo e ibicenco. Ese detalle sirve para leer la etapa completa, las discotecas de la Marina Alta no solo crecieron, también aprendieron a cambiar de piel según la música, el público y la estética de cada momento.
Del auge saldría también el principio de otra historia
De Molí Blanc a Golden, de Caracol a Menphis, de El Vikingo a Trance, la Marina Alta vivió en apenas dos décadas una transformación profunda. La discoteca dejó de ser un complemento de la sala de fiestas y pasó a ocupar el centro del ocio juvenil, turístico y comarcal. Cada local buscó su identidad, ya que unos apostaron por el público local, otros por el turismo europeo, otros por el diseño, por la música importada, por la cabina o por el gran aforo. La noche se había convertido ya en una industria.
Pero ese mismo crecimiento preparó el siguiente giro. A finales de los 80 y durante los 90, la comarca empezaría a ver cómo las grandes salas se dividían, cambiaban de nombre o intentaban adaptarse a nuevos sonidos y hábitos. Antes de esa crisis, sin embargo, aún quedaba otra línea por seguir, la de los locales que se apartaron del modelo generalista y apostaron por el rock, el underground, la electrónica temprana y una manera menos convencional de vivir la noche.






















