Entre 1962 y 1969, varios locales de Dénia y Xàbia, como el Palladium o Hacienda, abrieron en la Marina Alta una nueva forma de ocio ligada al turismo, la música y el paisaje. Según recoge el libro 150 anys de música i ball a la Marina Alta, no eran todavía macrodiscotecas ni pubs tal como hoy se entienden, sino espacios híbridos donde se cruzaban restaurante, terraza, baile, arquitectura moderna y una clientela nueva, mitad visitante y mitad local, que empezó a cambiar la vida nocturna de la comarca.
El arranque de aquella noche tiene una lógica clara. Primero llegó el turismo, después la hostelería de diseño y, a continuación, el baile como extensión natural del verano.
Palladium y Minigolf convirtieron Les Rotes en escaparate del nuevo ocio
El primer gran símbolo de ese cambio fue el Palladium, inaugurado en Dénia el 14 de julio de 1962. Antoni Reig lo retrata como un establecimiento sin equivalente en la costa valenciana de entonces: restaurante, sala de banquetes, tres terrazas y una sala subterránea en un enclave todavía casi virgen de Les Rotes. El proyecto impulsado por José Ortiz Savall no solo vendía noches con música, también vendía modernidad. Su arquitectura, el mirador al mar y la contratación de artistas dibujaron una escena nueva para la comarca.
Dos años después, y todavía en Les Rotes, el Minigolf Costa Blanca ensanchó esa fórmula. Según Reig, el recinto combinó juego, aparcamiento, bar y pista circular de baile al aire libre, y acabó reforzando una idea que luego se repetirá en otros locales. Al visitante se le atraía con una experiencia completa, no solo con una barra o una cabina. El éxito llevó a nuevas reformas, a un escenario para actuaciones y a una ampliación del negocio hacia la restauración, antes de su posterior conversión en Disco Efeso.
Villa Rosario, Biblos y White Horse consolidaron el modelo híbrido
Villa Rosario, cuya zona de ocio se inaugura en 1965, empuja todavía más esa relación entre urbanismo, veraneo y ocio. El complejo nació junto a una urbanización de capital británico y sumó restaurante con vistas, terrazas, piscina y pista de baile. Llegados a este punto, lo relevante no es solo la oferta, sino el modelo. La noche aparecía integrada en el mismo paquete que el alojamiento y el paisaje. Aquel patrón explica por qué muchos de los primeros locales de la Marina Alta se entendieron antes como reclamo turístico que como discoteca pura.
En esa misma línea, Biblos abrió en 1969 en la carretera de Les Planes y, según Paco Carrió y Sergi Albiñana, mezcló banquetes, público extranjero, música en directo y una cabina abastecida con vinilos comprados en París por Salvador Orozco. El White Horse Club, tal como cuentan los autores, había nacido unos años antes en Les Rotes como una sala pequeña, muy frecuentada por turistas, y acabaría ganando clientela local con la expansión de la música disco. La frontera entre restaurante, club y discoteca seguía siendo todavía porosa.
Hacienda fue la primera discoteca legal y abrió otro lenguaje cultural
Hacienda ocupa, sin embargo, un lugar singular en esta historia. El texto de Reig y Carrió recuerda que su origen no estuvo en la noche, sino en un centro macrobiótico y naturista levantado por Bernard Bouvant y Aris en la Plana del Montgó en 1964. Aquella iniciativa, abierta después a un público más amplio con terraza y restaurante, se reconvirtió en 1966 en discoteca. Ahí radica su valor histórico. No solo fue pionera en Xàbia, sino que el libro la sitúa como la primera discoteca legal de España tras el cambio normativo.
El caso de Hacienda, además, ayuda a entender que la modernización nocturna de la Marina Alta no fue únicamente comercial. Su identidad se sostuvo en el arte, en la estética propia y en una conexión internacional poco habitual en la España de los sesenta. Paule Rosset diseñó el logotipo, las paredes se llenaron de dibujos y colaboraciones, la música llegaba desde París y el entorno acogió referencias ligadas al universo hippie. Por eso Hacienda funciona aquí como nexo. Nace en el mismo arranque turístico, pero anticipa una cultura nocturna mucho más compleja.
Sala Montgó y Desirée prueban que el cambio ya alcanzaba a toda la comarca
La transformación no se limitó a la costa. En Xàbia, la Sala Montgó abrió en 1965, y según el texto de Bartolo Bas la presenta como un gran espacio para banquetes, bailes de fin de semana y sesiones vermut con orquestas y figuras como Nino Bravo y Los Superson. En Pedreguer, la narración de Lluís Pons sitúa la apertura de Desirée en 1967 como respuesta a una juventud que buscaba un lugar propio para bailar y ver actuaciones. Ambos casos muestran que la comarca empezaba a reclamar ocio estable también fuera del puro enclave turístico.
El modelo creció: del enclave turístico al complejo de ocio
Ese mismo patrón inicial no se detuvo en los primeros años. Con el avance de la década de los setenta y la consolidación del turismo, el modelo se amplió y se sofisticó. Locales como Molí Blanc, se convirtieron en espacios de referencia internacional, capaces de reunir a miles de personas en verano y de funcionar como auténticos centros de ocio con varias pistas, programación continua y una clientela cosmopolita.
En Dénia, complejos como La Felicidad y, posteriormente, Amigos, impulsados por el grupo empresarial CHG, reflejan la madurez de ese modelo. El ocio nocturno ya no era un complemento, sino una pieza integrada dentro de urbanizaciones, apartamentos, restaurantes y jardines. La discoteca dejaba de ser un espacio aislado para convertirse en parte de una experiencia completa, pensada tanto para el visitante como para el público local.
Tal como narra el libro, si hay un caso que resume esa expansión es el de Calp, donde el auge urbanístico multiplicó pubs, salas y discotecas hasta configurar uno de los mapas de ocio más densos de toda la costa.
Si algo une a Palladium, Minigolf, Villa Rosario, Sala Montgó, Desirée, Biblos y Hacienda es que todos nacieron antes de la fiebre de la macrodiscoteca y, aun así, ya contenían sus elementos centrales. Imagen, música, mezcla social, noche de verano y ambición por ofrecer algo distinto. La gran conclusión de esta primera etapa es que la Marina Alta no descubrió de golpe la discoteca, fue construyéndola paso a paso, entre terrazas, restaurantes, salas de fiestas y proyectos turísticos que cambiaron para siempre la manera de salir en la comarca.
A partir de ahí, el crecimiento fue inevitable. La expansión urbanística, la llegada de nuevos públicos y la evolución de la música empujaron a la comarca hacia una etapa en la que cada pueblo quiso tener su propia discoteca, su propio estilo y su propio público. Aquella transición, que se aceleraría durante los años setenta, transformaría definitivamente la manera de salir, de relacionarse y de entender la noche.
Este reportaje es solo el inicio de esa historia. En el siguiente capítulo, la Marina Alta dejará de experimentar con el ocio para vivir su gran expansión: la época en la que las discotecas se multiplicaron y el mapa nocturno de la comarca cambió para siempre.
Fuente: libro 150 anys de música i ball a la Marina Alta.













