La actriz de El Verger, Almudena Salort, participa en la serie de Netflix «El Refugio Atómico» —producida por Vancouver Media, la misma productora de «La Casa de Papel»—, donde consolida una trayectoria que refleja su visión sobre la industria audiovisual desde una perspectiva comarcal.
Un personaje construido desde la intuición
Su llegada al proyecto siguió el proceso habitual de la industria: un casting presencial multifase. Audicionó para un papel distinto, pero acabó siendo elegida para interpretar a Cindy, un personaje que desarrolló sin directrices claras. «Hasta que no he visto la serie montada, no había tenido antes una constatación de cómo era mi personaje», confiesa.
Su interpretación se gestó de forma orgánica, mediante la observación, la experimentación y un diálogo constante con los tres directores de la producción. «Es un poco, sí, ir construyendo poco a poco y en conjunto con el resto de compañeros», añade.
Esa construcción colectiva y progresiva define también la evolución narrativa de la serie: los primeros episodios presentan a los protagonistas principales, pero en los capítulos posteriores, la trama se adentra en las “entrañas” del refugio a través del grupo de personajes secundarios, entre ellos Cindy, cuyo peso crece de forma decisiva.
Rodaje extremo y exigencia técnica
La actriz describe la primera semana de rodaje como «un reto muy grande», tanto en lo físico como en lo mental. «Tenías que estar pendiente de 20.000 historias en la cabeza», recuerda. La complejidad técnica marcó gran parte del trabajo, especialmente en escenas con efectos especiales, donde debía ejecutar movimientos con precisión milimétrica para «tapar el truco» ante cámaras de alta definición sin perder la carga emocional.
Uno de los momentos más desafiantes llegó con el uso de un traje especial, similar a los de la NASA, que limitaba movimiento, visión y audición. La comunicación se hacía por pinganillos: «por uno te hablaba el director y por otro el resto del equipo».
Pese a la tensión, lo recuerda como una experiencia «muy guay», una oportunidad de trabajar «al calibre de Hollywood» dentro de una producción española que prioriza «la artesanía y el detalle».
De Gandia a la gran plataforma Netflix
Su vocación artística se remonta a los 13 años, cuando ingresó en la escuela de interpretación Act&Play de Gandia. Desde entonces, afirma, ha sido un proceso continuo de reafirmación: «Ir poco a poco enamorándome más de la profesión que había decidido ha sido precioso».
Antes de «El Refugio Atómico», protagonizó la secuela de «Un paso adelante», un rodaje intensivo de nueve meses que consolidó su resistencia y disciplina.
Su método de trabajo varía según el medio. En teatro, lo define como un ritual colectivo donde el objetivo es «entrar en el aquí y ahora». En audiovisual, en cambio, adapta su preparación a la escena concreta, recurriendo a la música o a la activación física para sintonizar con la emoción requerida.
Fuera del set, cultiva la pintura, el baile y el canto, actividades que considera «impulsos comunicativos» que enriquecen su interpretación.
Una mirada crítica a la industria
Actualmente reside en Madrid, aunque reconoce los cambios en la estructura de la industria: «Es una realidad que la industria está principalmente en Madrid (…), pero es verdad que la necesidad de estar en Madrid cada vez está cambiando más».
La expansión de los self-tapes y la descentralización de rodajes permiten a más intérpretes vivir fuera de la capital, una transformación que ella observa con optimismo. No obstante, considera que el circuito teatral valenciano sigue siendo cerrado: «Tengo mayor dificultad de entrar dentro del circuito valenciano (…). En Madrid al menos hay una posibilidad de aspirar a un casting; de la otra manera es que ni siquiera se abren las puertas a eso».
Pese a las limitaciones, confía en que el auge de polos audiovisuales como el País Vasco o Canarias reduzca la concentración madrileña y abra oportunidades para el talento local.
Desde El Verger hasta una gran producción de Netflix, Almudena Salort ha construido una carrera que une vocación y oficio. Su trayectoria confirma que el talento de la Marina Alta también tiene espacio en la industria audiovisual internacional.










