OPINIÓN
Hay una pregunta que me hago cada vez que los bous al carrer vuelven a ocupar un lugar en la programación festiva de Pedreguer: ¿hasta cuándo se va a seguir organizando la diversión de una parte del pueblo sin atender al malestar de quienes la vivimos de otra manera? Para algunas personas, estos festejos son motivo de encuentro y celebración. Para otras, entre las que me incluyo, resultan inseparables del sufrimiento animal. Escribo desde esa preocupación, que compartimos otros vecinos y vecinas. También somos parte del pueblo. Nuestras convicciones también deberían contar.
Las diferencias forman parte de cualquier comunidad. Lo que duele es comprobar cómo una sensibilidad encuentra espacio una y otra vez, mientras la otra parece condenada a resignarse. Cada nueva convocatoria nos devuelve la misma respuesta: «Si no te gusta, no vayas». Pero dejar de asistir no resuelve el desacuerdo sobre unos actos que se organizan como parte de las fiestas de todos.
Naturalmente, no esperamos que cada concierto, cada espectáculo o cada actividad responda a nuestras preferencias. Aquí hablamos de un límite ético. Nuestro rechazo no nace del aburrimiento ni de la falta de apego a las costumbres, sino de ver convertido en diversión lo que consideramos maltrato. Tratar esa preocupación como una simple manía personal impide hablar del fondo del asunto y profundiza la distancia entre vecinos.
Esa distancia se acumula con cada cartel que recibimos con decepción, con cada conversación en la que sentimos que nuestra postura molesta y con cada ocasión en la que preferimos alejarnos para no discutir. Poco a poco, las fiestas dejan de ser un lugar de encuentro y se convierten en un recordatorio de que nuestra manera de entender el respeto hacia los animales apenas tiene sitio. Es triste sentirse ajeno a una celebración del propio pueblo. Más triste todavía cuando parece que esa ausencia no preocupa.
La comisión de fiestas debería prestar atención a ese alejamiento. Organizar las celebraciones de un municipio supone escuchar a sus vecinos, también a quienes cuestionan una tradición. Implica preguntarse quién se está quedando fuera y qué podría cambiar para que más personas se sintieran representadas. Ese vínculo con la comunidad se debilita cada vez que se programan estos festejos sin dar una respuesta a quienes los rechazamos.
Hay, además, una cuestión que hace especialmente doloroso recibir como respuesta que nos quedemos en casa: estos actos se financian también con nuestros impuestos. Nuestra aportación forma parte del presupuesto común, pero sentimos que nuestra voz queda fuera de las decisiones. Tenemos derecho a cuestionar que se destine dinero público a unos festejos que consideramos maltrato animal y a reclamar que esa preocupación tenga un lugar en el debate sobre las fiestas.
A ese malestar se suma lo que hemos visto en los corrales destinados a los toros de los bous al carrer. La impresión ha sido demoledora: paredes y puertas cubiertas de manchas, superficies deterioradas y restos en el suelo. El aspecto sucio y descuidado del recinto se aprecia a primera vista. Hemos salido de allí con tristeza e indignación, pensando en los animales que han de pasar por esas instalaciones y en el sufrimiento que, desde nuestra manera de entender estos festejos, les espera después.
Lo que más nos duele es la escasa consideración hacia los animales que transmite ese entorno. Antes incluso de que comience el espectáculo, la imagen de los corrales nos hace preguntarnos qué lugar ocupa realmente su cuidado entre las prioridades de quienes organizan los actos. Para nosotros, su bienestar debería importar en cada momento, también cuando quedan fuera de la vista del público.
El estado visible de las instalaciones exige explicaciones. ¿Quién se responsabiliza de su limpieza y mantenimiento? ¿Cuándo se revisan? ¿En qué condiciones deben encontrarse antes de recibir a los toros y quién comprueba que esas condiciones se cumplen? Las imágenes no permiten evaluar por sí solas todos los aspectos de la estancia de los animales, pero muestran motivos suficientes para pedir una revisión y respuestas concretas. Si existen controles, deberían explicarse con claridad. Y las deficiencias que se detecten deben corregirse.
Por todo ello, pedimos a la comisión de fiestas que abra un espacio de participación en el que tengamos voz quienes rechazamos los bous al carrer. Queremos poder explicar nuestras razones, plantear alternativas y recibir respuestas sin que disentir nos convierta en enemigos de las fiestas. Participar también significa poder discutir las prioridades del programa, el espacio que ocupan los festejos taurinos y el uso de los recursos públicos. Escucharnos exige aceptar que nuestras aportaciones puedan cambiar alguna decisión.
No escribimos desde el desprecio hacia nuestros vecinos y vecinas. Escribimos desde el dolor de sentir que una preocupación profunda queda relegada cada vez que vuelve a elaborarse el programa. Queremos mirar las fiestas con ilusión, sin apartar la vista ante el sufrimiento animal ni callarnos para evitar una discusión. Queremos que el bienestar de los animales tenga consecuencias reales en la programación y que nuestra voz cuente al decidir cómo celebra el pueblo.
También somos Pedreguer. Y queremos poder reconocernos en sus fiestas.







