«No hay fiesta ni tradición que justifique una muerte»
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«No hay fiesta ni tradición que justifique una muerte»

OPINIÓN | Paula Dólera, Secretaria de la Associació Animalista Els Poets de Pedreguer

La muerte de la vaquilla abatida en el Parque del Patronato de Pedreguer es un hecho que no puede quedar reducido a un relato apresurado de los acontecimientos ni convertirse en un episodio más de unas fiestas estivales. Lo sucedido no es una simple consecuencia imprevista: es el resultado de un modelo de celebración que incorpora el miedo, el estrés y el sufrimiento de un animal como parte del entretenimiento. Un acontecimiento de estas características exige una reflexión profunda sobre las prácticas que se permiten y sobre la responsabilidad que corresponde a quienes las organizan y autorizan.

Porque nada de lo ocurrido puede considerarse inesperado. Cuando un animal es utilizado en este tipo de actos, la posibilidad de que una situación termine mal existe desde el primer momento. Lo saben quienes organizan estos festejos, quienes los autorizan y quienes despliegan dispositivos de seguridad precisamente porque conocen los riesgos. Por eso resulta imposible presentar este desenlace como una fatalidad inevitable. Fue la consecuencia de una práctica que asume el peligro como parte de la diversión y que, llegado el momento, deja al descubierto las graves consecuencias de esa elección.

La vaquilla no estaba atacando. Estaba huyendo. Era un animal desorientado, asustado y sometido a una situación de enorme estrés. Un animal que corre presa del miedo no actúa siguiendo una lógica humana ni un guion previsto. Actúa por instinto. Busca escapar. Intenta sobrevivir. Y precisamente por eso resulta tan difícil aceptar que la respuesta final fuera acabar con su vida.

Tampoco basta con afirmar que no había otra alternativa. Antes de recurrir a una decisión irreversible existen otros procedimientos destinados a intentar controlar al animal, como el uso de medios de contención adecuados, sistemas de tranquilización o la intervención de animales mansos, utilizados en otras ocasiones para reconducir situaciones similares. Corresponde a quienes dirigían el operativo explicar por qué estas opciones fueron descartadas o por qué resultaron inviables.

Pero hay algo todavía más grave. Si, como se ha difundido, la decisión de abatir al animal fue adoptada sobre el terreno por el propio ganadero y ejecutada por un cazador local, el debate deja de ser exclusivamente taurino para convertirse en un problema institucional. En un Estado de Derecho, las decisiones de esa trascendencia no pueden quedar en manos de particulares. Existen autoridades competentes, protocolos y una cadena de mando precisamente para evitar que una situación de emergencia se resuelva sobre la marcha. Si la actuación fue conforme a la ley, las instituciones tienen la obligación de explicarlo con absoluta transparencia. Y si no lo fue, tienen la obligación de asumir las responsabilidades que correspondan.

También es necesario hablar de la manera en la que se resolvió la situación porque plantea una cuestión ineludible: se utilizó un arma de fuego en un espacio donde había centenares de personas, entre ellas familias y menores. Una actuación de estas características exige explicar quién autorizó esa decisión, bajo qué criterios se adoptó y si se respetaron los procedimientos establecidos No estamos ante una actuación menor ni ante una solución que pueda justificarse únicamente porque el objetivo fuera acabar con el animal. El uso de un arma en un entorno así exige una explicación clara, porque implica una enorme responsabilidad y obliga a determinar si se respetaron todas las garantías legales y de seguridad. Normalizar una actuación de estas características supondría aceptar que, en nombre de una celebración, cualquier límite puede ser traspasado.

Lo sucedido no solo exige explicaciones; también obliga a reflexionar sobre el tipo de celebraciones que queremos y los valores que deben representarnos. En Pedreguer somos muchas las personas que no compartimos este modelo de festejos. Expresarlo no significa rechazar nuestras fiestas ni enfrentarnos a quienes las viven y las disfrutan. Significa defender que las tradiciones cambian con la sociedad y que ninguna costumbre necesita el sufrimiento de un animal para conservar su sentido. La convivencia también implica escuchar a quienes pensamos diferente, porque discrepar no es estar contra el pueblo: es formar parte de él.

Quienes defendemos esta posición también somos vecinos y vecinas de Pedreguer. Formamos parte de este municipio, contribuimos con nuestros impuestos y financiamos los recursos que hacen posibles estos actos festivos, aunque no compartamos su planteamiento. Por eso nuestra voz merece respeto y debe ser tenida en cuenta. No pedimos menos fiestas ni menos vida en las calles; pedimos que puedan ser compartidas por todos/as, sin que el sufrimiento, el riesgo o la muerte de un animal tengan que formar parte de ellas.

No podemos asumir que el miedo de un animal, su desesperación por escapar y su muerte formen parte del paisaje de nuestras fiestas. Una decisión irreversible como esta no puede quedar sin respuestas ni explicaciones claras. Tampoco podemos permitir que el silencio sea la última palabra cuando lo ocurrido exige justamente lo contrario: transparencia, responsabilidad y la valentía de afrontar las preguntas incómodas que muchos/as vecinos/as se están haciendo.

La vaquilla ya no volverá. Nada cambiará ese final. Lo que todavía puede cambiar es nuestra forma de reaccionar ante él. Porque una sociedad no pierde sus valores cuando afronta un conflicto; los pierde cuando deja de hacerse preguntas y aprende a justificar aquello que debería cuestionar. Ese es el verdadero debate. Y ese debate ya no admite más silencios.

Una sociedad no avanza cuando aprende a convivir con aquello que debería cuestionar. Avanza cuando tiene el valor de mirar de frente lo sucedido, escuchar las preguntas incómodas y reconocer que hay límites que nunca deberían cruzarse. Porque ninguna tradición es más importante que la vida que se pierde para mantenerla. Y no hay fiesta, costumbre ni herencia recibida que pueda justificar aquello que una sociedad ya no está dispuesta a aceptar.

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Clasificado en: Sociedad
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  1. Julio dice:

    Totalmente de acuerdo. Gracias por defender a los animales de los ataques recibidos desde el eufemismo de las fiestas taurinas, un concepto que celebra y encubre una dinámica cruel de sufrimiento en los animales. Por otra parte en este caso en particular es preocupante todo el relato de la noticia, desde el riesgo y daño que sufrió la madre protegiendo a su hija, hasta toda las situaciones posteriores en las calles de Pedreguer hasta que finalmente, y cuando el toro se había refugiado en una arboleda, se decide improvisar su habatimiento sin tener previstas alternativas de sedación (dardos tranquilizantes).