«La tradición también se educa. Lo que enseñamos cuando juegan»
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«La tradición también se educa. Lo que enseñamos cuando juegan»

OPINIÓN

Este octubre, la Comisión de Fiestas de Pedreguer vuelve a proponer els bous como forma de entretenimiento. No hablamos de una cita imprescindible del calendario festivo, sino de una actividad organizada para reunir a los vecinos y vecinas y ofrecer unos días de diversión. Y precisamente por eso merece la pena detenerse: aquello que elegimos para disfrutar también habla de nosotros, de nuestros valores y del vínculo que deseamos establecer con los animales.

Podemos discutir sobre las decisiones de los adultos, el peso de la tradición o las distintas maneras de entender els bous. Pero hay una cuestión que merece una reflexión diferente: qué ocurre cuando no nos limitamos a conservar esta costumbre entre mayores, sino que buscamos la manera de incorporar también a los niños a su imaginario. Ahí aparecen los carretons.

Es evidente que un carretó no es un toro. No hay un animal sufriendo mientras los pequeños corren y juegan y, por eso, puede parecer una actividad completamente inocente. Sin embargo, la cuestión no está en el juguete, sino en aquello que representa y, sobre todo, en lo que transmite.

Los niños aprenden jugando, imitando y haciendo suyo aquello que les presentamos como normal. Pero no todo lo que pertenece al mundo adulto se traslada a la infancia ni se convierte en entretenimiento. Entonces, ¿por qué els bous sí? ¿Por qué adaptarlos para acercárselos desde tan pequeños? Los carretons no son únicamente una diversión infantil inspirada en una fiesta adulta. Tienen también un carácter educativo e iniciático: reproducen sus gestos, sus códigos y su ambiente, permiten ensayarlos de manera lúdica e incorporan al niño a un universo que todavía no puede experimentar como los mayores. Así se asimila una tradición antes incluso de poder reflexionar sobre ella.

Hoy el toro es un carretó con cuernos y ruedas; fuera del juego, aquello que representa es un animal real. Lo que empieza como una diversión puede contribuir a hacer natural aquello que imita. Y ahí reside la cuestión: qué forma de relacionarnos con un ser vivo estamos normalizando desde la infancia. La pregunta no es si los niños disfrutan con los carretons. Seguramente lo hacen. La verdaderamente importante es qué estamos convirtiendo en divertido ante sus ojos.

La contradicción educativa resulta difícil de ignorar. Explicamos a nuestros hijos que un animal no es un juguete, que no debemos golpearlo, asustarlo ni molestarlo para entretenernos con su reacción. Nos emociona verlos cuidar de uno herido y procuramos cultivar en ellos el respeto y la empatía. ¿Cómo conciliamos esos principios con familiarizarlos, mediante la imitación, con una celebración en la que un toro se convierte en objeto de entretenimiento y queda expuesto a una situación que no ha elegido?

Este debate tampoco debería transformarse en una descalificación de las familias. Las costumbres poseen una enorme fuerza emocional porque no las recibimos como una teoría: nos llegan de la mano de nuestros padres, unidas a una calle, a los amigos, a los abuelos y a recuerdos felices. Es comprensible desear compartir ese vínculo con nuestros hijos. Pero amar lo recibido no debería impedirnos examinarlo. Una sociedad madura sabe distinguir entre conservar sus raíces y sentirse obligada a reproducirlas exactamente como las recibió.

Decir que algo «es tradición» tampoco puede cerrar la conversación. Nos ayuda a comprender de dónde venimos, pero no debería determinar por sí sola hacia dónde vamos. Muchas prácticas consideradas intocables cambiaron cuando evolucionaron nuestros valores, sin que los pueblos perdieran por ello su identidad. Pedreguer es mucho más que els bous: es lengua, cultura, historia, música, asociaciones, convivencia, calles, fiestas y generaciones construyendo comunidad. Replantearnos nuestro trato hacia los animales no supone renunciar a todo eso. Evolucionar no significa borrar el pasado, sino decidir conscientemente qué merece acompañarnos hacia el futuro.

Y en medio de esta discusión existe alguien a quien corremos el riesgo de olvidar: el toro. No conoce la palabra tradición. No sabe que es octubre, ignora que a su alrededor se celebra una fiesta y es ajeno a nuestros argumentos culturales. Nosotros, en cambio, podemos comprender lo que sucede y, precisamente por esa capacidad, la responsabilidad recae sobre nosotros. Tal vez bastaría recuperar por unos instantes esa mirada limpia que todavía poseen los niños y hacernos una pregunta elemental: ¿qué siente? Una pregunta así puede poner en duda certezas que muchos años de hábito han terminado convirtiendo en normales.

Por eso preocupa especialmente convertir la infancia en un medio para garantizar la continuidad de estas celebraciones. Si deseamos que nuestros hijos conozcan de dónde venimos, contémoselo; si aspiramos a que amen Pedreguer, mostremos todo aquello que hace valioso pertenecer a este pueblo. Pero permitámosles también desarrollar un criterio propio. Educar no consiste únicamente en entregar una herencia, sino en proporcionar a quienes vienen detrás las herramientas necesarias para examinarla, preservar lo valioso y transformar aquello que ya no responde a los principios que queremos defender. Porque lo que se transmite jugando también deja una enseñanza, aunque no la llamemos educación.

Ese es el verdadero fondo del debate. No decidimos solamente qué fiestas deseamos conservar, sino qué mirada dejamos en quienes algún día ocuparán nuestro lugar. Querer profundamente lo recibido implica también ser capaces de modificarlo cuando entra en conflicto con el respeto que afirmamos inculcar. Dentro de unos años probablemente nadie recordará cuántos carretons recorrieron las calles de Pedreguer aquel octubre. Quienes hoy corren delante de ellos, en cambio, habrán crecido, y algo de lo aprendido permanecerá. Esa es nuestra verdadera responsabilidad.

Ningún niño nace creyendo que el miedo de un animal puede formar parte de su diversión. Si algún día llega a contemplarlo como algo normal, no deberíamos preguntarle dónde quedó su sensibilidad, sino tener el coraje de preguntarnos qué hicimos nosotros con ella.
Quizá el mejor legado que podamos dejarles sea enseñarles a querer profundamente el lugar del que vienen sin renunciar a pensar por sí mismos; a respetar lo recibido sin sentirse obligados a repetirlo; y a comprender que la empatía no termina donde empieza una tradición.

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Clasificado en: Sociedad
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