OPINIÓN
Cada mañana, cuando las calles todavía están tranquilas y el pueblo apenas comienza a despertar, Chus sale de casa con una pequeña misión que para ella significa mucho. Lleva agua limpia, alimento, guantes y un cuaderno donde anota todo aquello que no puede permitirse olvidar.
Quien la observa desde lejos puede pensar que simplemente va a dar de comer a unos gatos. Pero ella sabe que su labor es mucho más profunda. No cuida únicamente de unos animales: cuida de sus vidas, de su bienestar y de la frágil red que les permite seguir viviendo en el único hogar que conocen.
En su colonia viven habitualmente once gatos. Cada uno tiene su carácter, sus costumbres y su propia historia. Algunos se acercan confiados; otros mantienen la distancia porque nunca han conocido una caricia humana. Chus los conoce a todos. Sabe quién aparece primero, quién necesita comer apartado y quién se esconde hasta que los demás terminan. También sabe que una ausencia puede ser una señal de alarma.
Aquella mañana falta Bruno.
Chus siente esa inquietud que conocen bien quienes cuidan colonias felinas. Una ausencia puede significar una enfermedad, un accidente, un atropello o que el animal haya quedado atrapado. Comienza a buscarlo. Revisa sus refugios habituales, pregunta a los vecinos y contacta con otras personas cuidadoras. Una vecina cree haberlo visto cerca de unos garajes. Cada pequeño dato puede ayudar a encontrarlo.
Mientras lo buscan, descubre restos de comida abandonados junto a unos contenedores. Alguien, seguramente con buena intención, ha querido alimentar a los gatos. Pero la comida se ha estropeado y ha atraído insectos. Además, alimentar sin control dificulta saber qué animales han comido, cuáles faltan y si ha llegado algún gato nuevo.
Chus recoge los restos y piensa en lo difícil que resulta explicar que cuidar una colonia felina no consiste simplemente en llenar comederos. Significa proporcionar alimento adecuado y agua fresca, mantener limpios los puntos de alimentación, establecer horarios, retirar residuos y procurar una convivencia respetuosa con el vecindario.
Pero la responsabilidad va mucho más allá. Cada día hay que observar a los gatos, interpretar lo que no pueden expresar con palabras. Una mirada apagada, una postura extraña o la pérdida de apetito pueden ser señales de enfermedad. Hay que vigilar su salud, colaborar en las desparasitaciones y comunicar cualquier problema a los profesionales veterinarios o a Els Poets, la entidad responsable. A veces, detectar un pequeño cambio a tiempo puede salvar una vida.
También es necesario conocer el territorio: dónde descansan, qué caminos recorren, dónde se refugian cuando llueve y qué peligros encuentran. Proporcionar refugios seguros frente al frío, el calor y la lluvia, y prestar atención al tráfico, los garajes y otros lugares donde podrían quedar atrapados.
Chus aprendió que algunos gatos nunca se acercarían a ella y que respetar esa distancia también era cuidarlos. No todos los gatos comunitarios pueden adaptarse a un hogar. Algunos han vivido siempre sin contacto humano y obligarlos a permanecer encerrados podría provocarles stress y sufrimiento.
Otra gran responsabilidad es el método CER: Captura, Esterilización y Retorno. Detrás de esas tres palabras hay horas de observación, preparación y coordinación. Hay que identificar al gato, organizar una captura segura, evitar separar a una madre de sus crías, coordinar la intervención veterinaria, vigilar su recuperación y devolverlo a su territorio cuando esté en condiciones.
La esterilización permite controlar la población, prevenir problemas y mejorar la convivencia. Pero requiere seguimiento, identificación, registros y respeto a los protocolos y la normativa vigente. Retirar o trasladar gatos sin justificación ni autorización puede desestabilizar la colonia y favorecer la llegada de otros animales sin esterilizar.
La buena voluntad, aunque imprescindible, no sustituye a la formación ni a la responsabilidad. Hace falta la colaboración de personas cuidadoras autorizadas, asociaciones, veterinarios, administraciones y vecinos. Los gatos comunitarios están protegidos por la ley: abandonarlos, maltratarlos o capturarlos y trasladarlos al margen de la normativa pone en peligro sus vidas.
Al mediodía, cuando empieza a temer lo peor, recibe una llamada.
Han encontrado a Bruno.
Había quedado encerrado accidentalmente en un garaje. Está asustado y deshidratado, pero aparentemente no presenta lesiones. Gracias a que varias personas conocían su aspecto y sus costumbres han podido localizarlo. Tras comprobar su estado y prestarle la atención necesaria, Bruno puede regresar a su colonia.
Cuando sale del transportín, no busca una caricia ni se acerca para agradecer nada. Permanece inmóvil unos segundos, reconoce los olores familiares y corre hacia su refugio.
Chus lo observa alejarse y sonríe. Para ella, verlo regresar a salvo es suficiente.
Mañana volverá con agua limpia, alimento y su cuaderno. Tendrá que comprobar cómo sigue Bruno, identificar al gato blanco nuevo que aparece al anochecer, limpiar los puntos de alimentación y coordinar una visita veterinaria. Siempre habrá algo pendiente.
Desde fuera, quizá solo se vean unos gatos descansando al sol y una persona que les lleva comida. Pero detrás existe una red invisible de cuidados, conocimientos, refugios, vigilancia y personas que colaboran para protegerlos.
Sostener esa red requiere tiempo, paciencia, formación, responsabilidad y conocer profundamente a cada gato y su entorno. Es una labor silenciosa que pocas veces recibe el reconocimiento que merece y que puede marcar la diferencia entre el abandono y la protección, entre el sufrimiento y el bienestar.
Para algunos son solo gatos que viven en la calle. Para quienes los cuidamos, son parte de nuestra vida. Los conocemos, los queremos, nos preocupamos cuando faltan y nos llena de alegría verlos bien. Cada uno tiene su nombre, su historia y un lugar en nuestro corazón.
Ninguna vida vale menos por vivir en la calle. Los gatos comunitarios son seres que sienten y merecen vivir en paz. Proteger su bienestar y respetar su vida no es un acto de generosidad, sino un deber legal y moral que nos concierne a todos. Porque la dignidad de una sociedad también se mide por cómo trata a quienes no tienen voz para defenderse.






