«El verano que nosotros celebramos y ellos padecen»
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«El verano que nosotros celebramos y ellos padecen»

OPINIÓN

Cada verano se repite la misma escena. Cambian los nombres, las carreteras, los municipios y los animales, pero no cambia el fondo: mientras una parte de la sociedad prepara maletas, reserva hoteles y cuenta los días que faltan para las vacaciones, las asociaciones de protección animal se preparan para una de las épocas más difíciles del año. Para ellas, el verano no significa descanso. Significa saturación, urgencias, teléfonos que no dejan de sonar, animales encontrados bajo un sol abrasador, refugios al límite y voluntarias intentando resolver con recursos precarios lo que, en demasiadas ocasiones, es consecuencia directa de la irresponsabilidad humana.

Conviene decirlo sin eufemismos: detrás de cada abandono hay un animal que paga por una decisión que no tomó. Un perro no decide convertirse en un inconveniente porque llegan las vacaciones, un gato no elige nacer en una camada que nadie había previsto y un animal anciano no tiene la culpa de necesitar medicación precisamente cuando su familia quiere viajar. Sin embargo, son ellos quienes soportan las consecuencias cuando la tenencia irresponsable transforma a un ser vivo en un objeto prescindible.

Durante los meses de calor, el problema adquiere una complejidad particular. A las entradas ordinarias en refugios y centros de acogida se añaden animales extraviados o abandonados, camadas procedentes de reproducción no controlada y situaciones que requieren una intervención urgente. Cada ingreso activa una cadena de necesidades: comprobación de identificación, valoración del estado general, atención veterinaria, alimentación, alojamiento, higiene, medidas preventivas y evaluación conductual. La saturación, por tanto, no puede medirse únicamente contando animales; es también un problema de capacidad asistencial.

Cuando una asociación trabaja permanentemente cerca de su límite, disminuye su margen para responder a nuevas urgencias, aumenta la presión sobre los espacios de aislamiento y se multiplican las necesidades de limpieza, desinfección y atención individual. Los animales geriátricos, enfermos, lactantes o con problemas de conducta requieren además recursos específicos. Todo ello cuesta dinero, tiempo, espacio y, sobre todo, un enorme esfuerzo humano que casi siempre permanece invisible.

Detrás de la palabra «protectora» hay voluntarias limpiando instalaciones mientras otros/as disfrutan de sus vacaciones, casas de acogida que aceptan un animal más cuando aparentemente ya no cabe ninguno, personas que reorganizan sus horarios para administrar una medicación y gente que conduce de madrugada para recoger a un animal herido. Son personas que aprenden a convivir con una frustración especialmente dura: saber que, por mucho que hagan, probablemente habrá otro aviso esperando.

Nos hemos acostumbrado peligrosamente a que siempre exista alguien dispuesto/a a recoger a aquellos seres sintientes que otros/as abandonan, y quizá ahí se encuentre una de las mayores anomalías del sistema Las asociaciones son mucho más que un refugio para los animales: son, demasiadas veces, el último lugar al que acudir cuando todo lo demás ha fallado. Recogen animales abandonados, atienden urgencias, afrontan gastos que muchas veces apenas pueden asumir y cargan con el desgaste emocional de enfrentarse, día tras día, al abandono, al sufrimiento y a situaciones que nunca deberían producirse.

Si un día esas asociaciones dejaran de estar, los animales seguirían necesitando ayuda, las urgencias seguirían llegando y el abandono no desaparecería. Lo único que desaparecería sería esa red de personas dispuestas a recoger esos animales que otros/as dejaron atrás.
Por eso, quizá no sea suficiente agradecer su entrega. También deberíamos preguntarnos por qué tienen que llegar siempre hasta el límite para hacer una labor que beneficia a toda la sociedad. Porque detrás de cada animal salvado hay personas sosteniendo una responsabilidad enorme, muchas veces con pocos recursos, poco descanso y demasiado dolor.

Una política rigurosa de protección animal no puede construirse sobre el agotamiento permanente de ciudadanos/as comprometidos. Necesita prevención, identificación y trazabilidad eficaces, control de la reproducción cuando corresponda, educación en tenencia responsable, recursos adecuados, coordinación institucional y mecanismos efectivos frente al abandono. Rescatar es imprescindible cuando el daño ya está hecho, pero una sociedad verdaderamente comprometida debería aspirar a algo más difícil y mucho más importante: evitar que ese daño llegue a producirse.

Esa prevención comienza mucho antes de la puerta de una protectora. Empieza cuando alguien decide incorporar un animal a su vida y comprende que no está adquiriendo un entretenimiento, sino aceptando una responsabilidad que puede prolongarse durante muchos años. Significa prever alimentación, atención veterinaria, vacaciones, cambios de vivienda, enfermedades y envejecimiento; significa entender que el cachorro crecerá, que el animal sano puede enfermar y que aquel compañero joven y enérgico llegará algún día a caminar más despacio. El compromiso verdadero se demuestra precisamente cuando desaparece la novedad y comienzan las obligaciones.

Por eso resulta insoportable que todavía haya animales cuya historia termine junto a una carretera, en un descampado, dentro de un transportín o atados en algún lugar donde alguien confía en que otra persona los encuentre. No existe una manera elegante de describirlo: abandonar significa transferir las consecuencias de una decisión propia al individuo que menos posibilidades tiene de defenderse y esperar que un desconocido asuma después la responsabilidad.

Esa desconocida o desconocido suele ser una voluntaria o un voluntario, una veterinaria o un veterinario, una casa de acogida o una asociación. Mientras una fotografía de un rescate permanece unos segundos en nuestra pantalla, alguien está pagando una factura veterinaria, limpiando una instalación, buscando una adopción responsable o sentándose pacientemente junto a un animal que retrocede cuando ve acercarse una mano. Alguien que intenta reconstruir durante semanas o meses la confianza que otra persona destruyó en unas horas. Hay que ser muy cruel para enseñar a un animal a que puede confiar en nosotros y después, desaparecer de su vida.

Por eso el verano de las protectoras debería hacer algo más que entristecernos: debería incomodarnos, porque la tristeza es sencilla y puede durar apenas lo que tarda una imagen en desaparecer de una pantalla, mientras que la responsabilidad exige preguntarnos por qué la irresponsabilidad de unos/as termina financiada por la solidaridad de otros/as. Exige preguntarnos también por qué entidades que realizan una función social indispensable deben dedicar una parte enorme de su energía a recaudar fondos, conseguir alimento, encontrar acogidas de emergencia o repetir que no tienen sitio.

Ningún refugio, ningún/a voluntario/a, ninguna asociación y ninguna cuenta bancaria tienen una capacidad infinita, y tampoco debería ser infinita nuestra tolerancia hacia el abandono. Cuando termine agosto, las sombrillas desaparecerán de las playas, las maletas volverán a los armarios y millones de personas retomarán su rutina, pero el verano no terminará ese día para las protectoras. Allí permanecerán sus consecuencias: tratamientos pendientes, facturas, instalaciones saturadas, animales esperando una familia y personas exhaustas intentando recomponer lo que otros/as dejaron atrás.

Quizá entonces deberíamos formularnos una pregunta incómoda: ¿qué clase de sociedad necesita que algunos/as de sus ciudadanos/as se desgasten física, emocional y económicamente, verano tras verano, recogiendo los animales que otros decidieron abandonar? Las asociaciones de protección animal no necesitan únicamente nuestra admiración estacional; necesitan recursos, prevención, colaboración, responsabilidad individual e instituciones capaces de asumir la parte que les corresponde.

El éxito de una sociedad comprometida con el bienestar animal no debería medirse solamente por cuántos animales consigue rescatar, sino también por cuántos nunca llegan a necesitar ser rescatados. Mientras no alcancemos ese objetivo, al menos deberíamos cumplir la obligación más elemental: no abandonar a quien depende completamente de nosotros/as. Un ser sintiente quizá no comprenda la palabra «compromiso», pero conoce perfectamente sus consecuencias: sabe quién lo alimenta, quién lo protege, quién permanece y, desgraciadamente, también sabe quién un día no volvió. Cuando un ser humano promete un hogar, esa promesa no puede tener fecha de caducidad.

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