OPINIÓN | Paula Dólera, Secretaria de la Associació Animalista Els Poets de Pedreguer
Ban es un gato comunitario de nuestro municipio. Alguien le ha disparado. El impacto de un proyectil le ha provocado una fractura múltiple en una de sus patas y ahora necesita una compleja intervención quirúrgica. Todavía no sabemos quién lo hizo ni en qué circunstancias ocurrió. Eso deberá investigarse. Lo que sí sabemos es que Ban se ha convertido, involuntariamente, en el rostro de una realidad que preferiríamos no tener que mirar: todavía hay quien considera que la vida y el dolor de un animal importan tan poco que puede hacerle daño y seguir adelante como si nada.
El maltrato tiene muchas formas. Está en la agresión deliberada, pero también en el abandono, las negligencias graves, la ausencia de atención veterinaria necesaria o unas condiciones incompatibles con las necesidades básicas de un ser sintiente. Hay casos que nos estremecen de inmediato. Otros, desgraciadamente, se prolongan durante meses detrás de una puerta, una valla o cualquier otro lugar donde resulta demasiado fácil no mirar.
Por eso, lo sucedido con Ban debería obligarnos a hacernos una pregunta que va mucho más allá de su caso: ¿qué relación queremos tener, como sociedad, con los animales que dependen de nosotras y nosotros? Resulta difícil comprender que alguien pueda confundir la custodia, la titularidad administrativa o la simple superioridad con la libertad de someter a un animal a su voluntad; que pueda olvidar que, detrás de esa indefensión, hay un ser que siente miedo, dolor y angustia. Tener una vida a nuestra merced no nos hace dueños de ella. Nos hace responsables de protegerla.
Existe, además, una contradicción difícil de ignorar. Nunca hemos hablado tanto de bienestar animal y, sin embargo, seguimos conociendo historias de animales agredidos, desatendidos o condenados a vivir en condiciones que nadie debería considerar aceptables. Tenemos más leyes, más información y una sensibilidad social mayor que hace décadas. Y, aun así, continúan apareciendo casos que nos enfrentan a una verdad incómoda: podemos legislar contra la crueldad, pero ninguna ley, por necesaria que sea, puede imponer empatía a quien ha dejado de reconocer el dolor ajeno como una frontera moral.
Quizá por eso esta realidad no deba entenderse exclusivamente como un problema relacionado con los animales. También habla de nosotras y nosotros: de nuestra relación con la vulnerabilidad, de nuestra capacidad de empatía y, sobre todo, de cómo elegimos ejercer nuestra posición cuando tenemos delante a un ser prácticamente indefenso.
Y ahí aparece una palabra que debería inquietarnos: deshumanización.
Hay una pérdida de humanidad cada vez que dejamos de reconocer el padecimiento ajeno como un límite que nuestra conducta no debería traspasar. Cuando un ser vivo pasa a ser tratado como una cosa; cuando lo que siente deja de importar porque no puede protestar, denunciar ni defenderse. Cuando la superioridad se transforma en abuso, ya no estamos únicamente ante una cuestión de bienestar animal. Estamos ante un problema ético que nos concierne a todas y a todos.
La forma en que tratamos a los seres sintientes no define por sí sola a una sociedad, pero indudablemente dice mucho de ella. Quizá la verdadera medida de nuestra evolución moral no esté únicamente en aquello que somos capaces de reconocer en las leyes, sino en cómo actuamos cuando nadie nos vigila, cuando no hay consecuencias inmediatas y cuando quien tenemos delante no puede pedirnos cuentas; en definitiva, cuando creemos que podemos actuar con impunidad. Es en esos momentos cuando nuestros principios se ponen verdaderamente a prueba: cuando respetarlos depende únicamente de nuestra conciencia.
No es necesario ser animalista para entenderlo. Ni siquiera hace falta sentir un afecto especial por los animales. Reducir esta cuestión a una discusión entre quienes los quieren y quienes no sería empobrecer el debate. Podemos sentir cariño, indiferencia o decidir no convivir con ellos. Ninguna de esas posiciones justifica infligirles un daño innecesario.
El Derecho ha evolucionado porque también lo ha hecho nuestra sociedad. La legislación española ofrece hoy unas garantías muy distintas de las existentes décadas atrás y determinadas conductas pueden tener incluso relevancia penal. No es una extravagancia jurídica ni una concesión sentimental. Es la consecuencia de haber asumido colectivamente que la capacidad de sentir merece amparo, que existen comportamientos que no estamos dispuestos a tolerar y que la crueldad hacia los animales no tiene cabida en la sociedad que aspiramos a construir.
Pero las leyes, por sí solas, no bastan.
Necesitamos que las denuncias ante posibles casos de maltrato sean atendidas con diligencia y tengan un seguimiento efectivo. En nuestro municipio existe colaboración institucional en esta materia y es justo reconocerlo. Precisamente por ello, podemos y debemos aspirar a reforzarla. Las asociaciones pueden rescatar, documentar, alertar y colaborar, pero corresponde a las autoridades investigar, intervenir cuando sea necesario y proteger. Porque una denuncia que no se tramita a tiempo o cuya respuesta se demora puede significar mucho más que un retraso administrativo: puede suponer llegar demasiado tarde para un animal.
También necesitamos compromiso ciudadano. Sabemos que denunciar no siempre es fácil. A veces, quien maltrata es un vecino, un conocido o alguien con quien tememos tener problemas, y el miedo o el deseo de no involucrarnos acaban imponiendo silencio. Pero callar puede prolongar durante días, meses o incluso años una situación intolerable y agravar sus consecuencias. Denunciar no significa condenar anticipadamente a nadie, sino poner unos hechos en conocimiento de quien tiene la obligación de comprobarlos. Mirar hacia otro lado puede evitarnos un conflicto; para el animal que dejamos atrás, ese silencio puede costarle la vida.
Y quizá ahí se encuentre otro de los grandes peligros: acostumbrarnos. Que el silencio termine convirtiendo lo intolerable en cotidiano. Que dejemos de reaccionar porque pensamos que denunciar no servirá de nada, que nadie actuará o que, al fin y al cabo, «solo es un animal».
Pero no.
Nunca es «solo un animal».
Es un ser vivo que percibe lo que ocurre a su alrededor, que experimenta bienestar y sufrimiento y que busca seguridad frente a aquello que lo amenaza, aunque nadie conozca su nombre, aunque no tenga quien lo defienda y aunque su historia jamás llegue a hacerse pública. Su vida no vale menos por ser invisible para nosotras y nosotros.
Ahora conocemos el nombre de uno de ellos: Ban.
Hoy sabemos lo que le ha ocurrido y la gravedad de sus lesiones. Ahora necesita cuidados y una intervención que le permita recuperarse, pero necesita también que lo sucedido no quede sin respuesta: que se investigue, que se sepa qué ocurrió y que, si se identifica a la persona responsable, sus actos tengan las consecuencias que correspondan.
Y sería un error que nuestra preocupación terminara con él.
Porque Ban ha tenido algo que muchos otros quizá nunca tengan: alguien reparó en él, alguien comprendió que necesitaba ayuda y alguien decidió actuar. ¿Cuántos otros seguirán padeciendo en silencio sin que nadie advierta lo que les ocurre, sin que nadie dé la voz de alarma, sin que nadie llegue a tiempo?
Ban nos ha obligado a mirar.
Ojalá no necesitáramos otro disparo, otra herida, otro animal destrozado para volver a hacerlo.
Porque el próximo quizá no tenga un nombre que conozcamos, una fotografía que nos conmueva ni nadie que pueda contar su historia.









