Durante décadas, la cala del Moraig, en El Poble Nou de Benitatxell, ha sido vista como un paraíso natural de la Marina Alta. Sus aguas cristalinas, su espectacular Cova dels Arcs y los acantilados que la rodean la han convertido en uno de los rincones más fotografiados de la Costa Blanca. Sin embargo, el origen real de este paraíso queda en la memoria de vecinos de la localidad y municipios cercanos.
El Moraig no es una cala natural, es el resultado de una operación urbanística de los años setenta en la que literalmente se voló parte de la montaña para crear una playa. Así lo confirma Víctor Bisquert, concejal de Patrimonio y Turismo de Benitatxell, quien asegura que es algo conocido en el municipio, pero no tanto para los más jóvenes o visitantes.
Testimonios de los más mayores de la localidad y unas pocas fotografías de la época ayudan a clarificar el origen de la famosa cala. «Hay poca documentación sobre ello, pero en las imágenes de Pedro L. Cascales, arquitecto que participó en la planificación del Puig Llorença, se ve perfectamente que la cala no existía. Lo que había era un acantilado y un paisaje abancalado en la montaña. Fue la promotora la que decidió volar parte del terreno para ofrecer a los compradores de la urbanización Cumbre del Sol una playa prácticamente privada».
En 2017, la exposición «Una mirada enrere» en Benitatxell, rescató esas fotografías del paisaje del Puig Llorença virgen de los años setenta. Las imágenes son las que ilustran este texto y fueron donadas por el arquitecto, quien las tomó mientras realizaba sus prácticas en la Politécnica de València.
Una detonación en nombre del turismo
El origen del Moraig es indisociable del boom inmobiliario de los setenta. La venta de parcelas de la montaña, iniciada en 1973, necesitaba un gancho comercial. La fórmula fue abrir al mar un espacio inexistente mediante explosiones que dejaron un corte vertical aún visible en el paisaje. Después, se rellenó con piedras y se trazó un acceso por carretera.
Los vecinos consultados por Bisquert recuerdan que antes de la operación solo existían pequeños rincones junto a la Cova dels Arcs, donde se instalaban pesqueres o se improvisaban reuniones familiares. El espacio de entonces era escarpado y limitado a pequeños rincones de rocas. Nada que ver con la cala actual, de dimensiones mucho mayores.
En aquel momento, la operación no fue vista con la polémica que probablemente levantaría hoy. España vivía el auge del turismo y localidades como Benitatxell, hasta entonces eminentemente agrícolas, veían en estas iniciativas una oportunidad de modernidad y prosperidad.
De cala «privada» a espacio masificado
Durante años, la cala del Moraig fue sobre todo un espacio para residentes de la urbanización y vecinos del municipio. En los años noventa empezó a popularizarse, especialmente tras la apertura de un restaurante junto a la arena y la consolidación de una zona nudista.
El festival de reggae que se celebró a finales de esa década terminó de poner al Moraig en el mapa. Desde principios de los 2000, y especialmente tras la pandemia, la cala se ha convertido en un destino de masas. Hoy, las imágenes de coches en caravana para acceder a las inmediaciones son habituales en verano, lo que ha obligado al Ayuntamiento a implantar tasas de estacionamiento, de 15 euros por vehículo, con exenciones para los empadronados.
El aparcamiento que se tragaba el mar
La artificialidad del Moraig no se limita a sus orígenes. Hasta 2020, un aparcamiento sobre la propia orilla se reconstruía tras cada temporal. El Gloria, con su devastación, marcó un antes y un después. Costas obligó a eliminar la explanada y los chiringuitos, imponiendo una renaturalización parcial del espacio.
Desde entonces, el espacio ha ido recuperando parte de su aspecto más salvaje, aunque con limitaciones de acceso y servicios, convertido en un enclave altamente visitado.
El relato de cómo nació la cala del Moraig ha permanecido durante mucho tiempo en un segundo plano, eclipsado por la imagen idílica de sus aguas y su entorno privilegiado. «Incluso en páginas y blogs de turismo se sigue presentando como una cala natural, cuando en realidad no lo es», apunta Bisquert.
El concejal reconoce que el propio consistorio no había prestado atención al tema: «Pensábamos que era algo que ya se sabía. Pero hemos comprobado que no, que incluso los visitantes creen que el Moraig ha estado ahí desde siempre».
La cala sigue siendo una maravilla geológica y un atractivo indiscutible. Pero su historia es, en realidad, la del choque entre urbanismo, turismo y paisaje, un espejo de lo que ocurrió en muchos rincones de la costa mediterránea en el siglo XX. Hoy, con mayor conciencia ambiental, un proyecto así sería impensable. Pero el pasado es el que es, y conocerlo es fundamental para entender no solo la cala del Moraig, sino también la identidad turística y social de la comarca.












No hay límite para la codicia; si hay que volar la montaña, se vuela !!
Tampoco para la codicia del Ayuntamiento. Un auténtico robo la tasa que aplican por aparcar.
Si no se cobrarán costes ahí habría hostias a diario
Hola:
Como se puede ser tan salvaje!!!
A que no iban a Francia, Inglaterra o Alemania y todos los acantilados de otros países?
Espero ardan en el infierno infinitamente
Si de mí dependiera, todos los edificios que hay construidos los quitaba y mandaba dejar todo tal y como estaba en su inicio
VIRGEN
Espero que pronto, los que nos vamos yendo nos convertíamos en naturaleza pura y dura para destruir todo lo inaceptable ya que no lo hacen los que ahora están y a ganarse la vida dignamente y las sobremesas fuera, se entra por turnos…
Y rotar por días, les guste o no…
Un Saludo
SOBREMASAS*
DANAS, TERREMOTOS, MAREMOTOS, etcetcetc
Hasta dejar todo en su sitio
Y no olvidar que entre Zaplana y Julio Iglesias se acabó de urbanizar con extranjeros todo lo que quedaba.