El benisser Vicente Torres presentó el pasado 20 de junio su libro El fluir de la vida, una obra que completa su anterior novela La del alba. El reconocido investigador de Benidorm César Evangelio acompañó al escritor en su cita, rodeados por el histórico edificio Casa Nova de Calp, cuya ubicación ofrece unas vistas de infarto al Peñón de Ifach.
En El fluir de la vida, Torres narra las especiales circunstancias de su vida, especialmente su dura infancia y adolescencia. A medida que la narración avanza, diversas personas y lugares de la Marina Alta aparecen para acompañar el relato de las experiencias del autor. Entrelazando historia, filosofía, mitología y literatura con sus vivencias personales, el escritor ofrece un íntimo viaje al lector.
A continuación se reproduce el discurso completo de Vicente Torres durante la presentación de su obra:
Muy buenas tardes, Señoras y Señores, les agradezco que hayan venido a este lugar tan especial, que es la Casa de Cultura de Calp. Agradezco también a Ana Sala, que, como dije en una ocasión anterior, es mi alcaldesa favorita, y ahora añado que el PP no se portó bien con ella e hizo mal. Actuar a golpe de capricho no es buena idea. Ana tiene la vida resuelta fuera de la política y si está en ella es por amor a su pueblo. También dije que José Luis Luri es mi tenor favorito, pero además de eso está haciendo una labor extraordinaria investigando la historia de mi pueblo, Benissa, y rescatando personajes del pasado. Yo no tengo esa categoría, pero espero que, por amistad, me rescate a mí cuando lleve unos años muerto.
José Luri no ha podido venir, motivo por el que he tenido que recurrir a César Evangelio que, haciendo gala de una gran generosidad, ha aceptado el encargo. Es un señor muy erudito, como bien saben en Benidorm, en donde reside. Su madre es de Benissa y su tío abuelo fue el mítico Pedro Zaragoza Orts, el inventor de Benidorm. Después de haber escuchado su discurso, de tanta altura intelectual, habrán comprobado que lo dicho no es una exageración.
Bien, antes de referirme a mi editor, Alfonso Martínez Díez, una eminencia, quisiera referirme a otro amigo nacido en Benissa, cuyos apellidos son típicos en el pueblo, Juan Vicente Santacreu Ferrer, pero cuya vida discurre lejos, creo que sin contacto. A su madre la llamaban la Barriaca y él nació en la Chicaira.
Si lo cito es porque escribió el libro «Por qué brillan las estrellas» y al ser neófito en este campo me pidió información. Le hablé un poco del negocio de las editoriales y la cuestión es que tiró del hilo y ocho o diez días después ya lo sabía todo. Quizá le falte un poco para que sea todo, pero se entiende lo que quiero decir. Es que su negocio está en la informática y la telefonía, en donde ha triunfado plenamente y es un crack en las redes sociales.
Dejo aquí a mi amigo, cuyas investigaciones que acabo de citar hacen que esté muy satisfecho con mi editor, ciudadano honorario de la patria de Homero, que habla griego, antiguo y moderno, y tiene publicados una gran cantidad de libros, como se puede apreciar en Dialnet.
Paso ya al asunto que nos ha traído aquí, pero antes quisiera señalar que el bien más valioso que tiene la sociedad, cualquier grupo humano, es el subgrupo compuesto por los niños. Cuidarlo bien es la garantía de la prosperidad de ese grupo. Abandonarlo, no prestarle atención, propicia el declive y finalmente la muerte.
Aunque sea lo más frecuente, no es cierto que todos los padres quieran a sus hijos, como tampoco es cierto que todos los padres disfruten de la salud física o mental necesarias para atenderlos. Por tanto, es crucial no perder de vista a estos seres tan indefensos que son los niños. Hay que fijarse en los detalles, en cualquier cosa que haga pensar que algo no va bien. La sociedad también debería habilitar cauces para que quien tenga dudas razonables sobre la situación en que se encuentra un niño determinado pueda dejar aviso en un lugar en el que haya especialistas, para que no tenga que incomodarse con los padres.
Pensarán ustedes que sangro por la herida y es cierto. Cualquier persona que se hubiera fijado en mí con atención se habría dado cuenta. Mi caso era claro. Cuestión distinta es el resultado que hubiera obtenido con ello y los perjuicios que habría sufrido. Claro que habría algún cauce por el que yo pudiera ser rescatado, pero quizá estuviera más al alcance de un profesional que de una persona de la calle.
Otra dificultad para librarme de esos malos tratos era el candor con que los sufría. Esto también forma parte del gen superviviente del que hablé en «La del alba», el anterior libro en el que también me refiero a estas experiencias mías. La paradoja aquí es que no saber que te están matando ayuda a seguir viviendo. No creo que ningún niño pueda soportar la idea de que sus padres lo estén matando poco a poco.
El caso es que estaba inmerso en una situación de la que era imposible salir. Nadie apostaba por mí y nadie quiso enterarse de que había encontrado la salida del laberinto hasta que fue más que evidente. Como vengo repitiendo, no fue mérito mío, sino de la genética. Soy terco como una mula y mi naturaleza es radicalmente optimista. Al razonar, no veía el modo de resolver el problema en que estaba envuelto y, sin embargo, mi naturaleza me hacía vislumbrar una luz donde no había ninguna. Si hubiera sido depresivo habría sufrido mucho menos, por motivos que no es necesario que explique.
Conseguí escapar de una situación imposible y ese detalle me lleva a otro asunto de actualidad, que también parece que no tiene solución. La amenaza se cierne ahora sobre la humanidad entera. En los tiempos que corren, Google sabe exactamente dónde estamos. No pasará mucho tiempo hasta que además sepa qué es lo que estamos haciendo en cada momento. Esa es una situación inédita en la historia de la humanidad, pero a esta circunstancia hay que añadirle la irrupción de la Inteligencia Artificial. La novedad estriba en que puede tomar decisiones por sí misma. Tendrá conocimientos e información. Podrá hacer cosas que influyan en el devenir de la humanidad. Conviene precisar que la IA desconoce el miedo, la moral, la ética, la razón, la justicia y todos los demás conceptos tan presentes en la vida de los humanos. A la IA no le importará arruinar a la mitad del mundo, o provocar una catástrofe de cualquier otro tipo. También podrá hacer cosas buenas, lógicamente, pero el reto consistirá en domesticar a ese caballo desbocado que puede llegar a ser y que probablemente será la IA.
No es que hayamos hecho algo mal, la IA tenía que surgir de todos modos, lo mismo que el control exhaustivo de Google, o la aplicación que lo sustituya, del mismo modo que necesariamente tenían que surgir la silla, el vino o el carromato.
La humanidad tendrá que volver a enfrentarse a un reto quizá similar al de aquellos primeros monos que bajaron del árbol, lo que motivó que desarrollaran considerablemente, a lo largo de muchas generaciones, sus cerebros. ¿Volverá a ocurrir algo parecido? ¿Serán los humanos del futuro más inteligentes que nosotros?